Yo era alguien que quería escribir

Uno escribe porque está roto, porque está a medias por dentro. Y escribe en los aviones y en los trenes, en los semáforos que tardan y en el dentista, en la palma de la mano o en los lomos de los libros que lee. Nadie en mi familia escribe que yo sepa y yo no recuerdo un día que no escriba, que pare un rato y baje la cabeza y vea ese cascote de blanco esperándome, que no hay un día que no escuche mi voz por dentro hablándome algo, diciéndome algo, así sin sonido, como te habla un muerto.

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Zona de obras.

“Escribí siempre, desde muy chica. En cuadernos, en el reverso de las etiquetas, en blocs, en hojas sueltas, en mi cuarto, en el auto, en el escritorio, en la cocina, en el campo, en el patio, en el jardín.  Mi vocación, supongo, estaba clara: yo era alguien que quería escribir. Pero, si la escritura se abría paso con éxito en ese espacio doméstico -el jardín, el patio, el cuarto, el escritorio, la cocina, etcétera-, no tenía idea de cómo hacer para, literalmente, sacarla de allí: de cómo hacer para, literalmente, ganarme la vida con eso”, dice Leila Guerriero en ‘Zona de obras’.

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¿Dónde vamos a bailar esta noche?.

No sé vivir sin escribir. Sin coger un lápiz, fino como un cuchillo, y sacar de mí todas las palabras, y sentir que soy más fuerte que yo mismo, y sentir el silencio y la brisa del lápiz deslizándose de camino al invierno, más allá del muro del otoño, donde un día nos olvidamos y cambiamos de vida. “Hay un maravilloso articulo de Pedro G. Cuartango llamado El club de los corazones solitarios que tengo guardado en la mesa donde trabajo y que releo cada vez que sueño con cambiar de vida. Sobre todo este párrafo: “Me gusta retornar a los sitios que forman parte de mi historia. Pero ello siempre me produce frustración, porque nunca están como yo me los imaginaba en mi memoria. Todo fluye, todo cambia menos nosotros, que somos arrastrados por el paso de un tiempo que nos destruye. Esa conciencia de la fugacidad hace más precioso cada instante, porque en él se condensa toda la eternidad”, escribe Javier Aznar en ¿Dónde vamos a bailar esta noche?

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