Casarse con una errata

 

¿Quién no ama una errata? La belleza de una cicatriz en el texto. Su boca helada pidiendo fuego entre el billar y la puerta de entrada. Esa boca que refulge en la noche como la bengala de un catamarán extraviado. ¿Quién no quiere de pronto coger una, acariciarla y tirarla al agua de lo correcto? Y embriagarse luego con todos esos surcos, con todas esas ondas de agua dulce que nos saca de la podredumbre y el ensimismamiento.

Si pudiera me casaría con una de ellas. Y la llevaría de la mano por la plaza Verdone o por la alfombra de luz del Cabo de Gata. Por los acantilados de Maro donde de vez en cuando encalla una patera. ¡Una errata a la que amar sin querer en todo momento!

¿Qué es un buen libro sin una de ellas? Como yo, Borges las amaba. “Lástima, ya mi única esperanza son las erratas”, decía. Mientras que Cortázar se moría un poco con alguna de ellas. “A Cortázar le molestaban por encima de su salud. Eso lo convirtió en un insigne teórico de la errata”, escribe Juan Tallón en su libro Mientras haya bares, que se presenta el próximo jueves en el bar El Filete Ruso (Madrid).

No hay amor sin erratas y excursión en la que un niño no saque un filete ruso, un buen filete empanado que aguanta sin moverse el rebosado, como un texto aguanta con clase una errata o el polvo legendario y siniestro de una estantería con cachivaches.

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