Cuando Salinger escuchaba a Billie Holiday

No salgo nunca a la calle sin un libro de Salinger. Lo llevo en uno de los dos bolsillos de la gabardina umbraliana o dentro de la maleta al estilo Duchamp que me regaló mi madre. A Salinger hay que leerlo siempre antes de vivir. Tocarlo a tientas en la mesita de noche cuando te abduce el insomnio. Repasarlo cuando vienes de una fiesta o te han destrozado a tópicos en una barbacoa de verano. En una barbacoa siempre se muere uno un poco, se va aburriendo uno mucho de la falta de imaginación, de lo aburrida que es la vida del que no lee. No sé cómo se resiste sin leer o sin escuchar a Antonio Carlos Jobim en esos días en los que ves atardecer en unos ojos que no vas a olvidar nunca, una mirada que te tintinea por dentro un par de siglos.

Antes de que Shirlie Blaney traicionara a Jerry Salinger, el escritor se la llevaba a escuchar música en su casa de Cornish. A ella y a todos esos jóvenes que se reunían en la cafetería de Windsor. Los montaba en su jeep y luego les ponía discos de Billie Holliday. O jugaba con ellos a la tabla de güija. Sonaba allí Billie, en aquella casa alejada del ruido, donde Salinger cortaba su propia leña y adonde se había ido huyendo del éxito, de la fama, para encontrarse con su propia vida. En Cornish, aquel lugar bucólico al que se llegaba cruzando un puente, Jerry escuchaba a Billie, que como él no tuvo una vida fácil. Billie, aquella dama del jazz, que con diez años fue violada por uno de sus primos y abandonada por su padre. Aquella chica de Filadelfia que escuchaba discos de Louis Armstrong y Bessi Smith en el prostíbulo del barrio donde limpiaba suelos con aceites de linaza. Billie Holliday, con voz de diosa negra, “que murió con 70 centavos en la cuenta corriente después de dejar grabados algunos temas míticos que nos han hecho mejores”, como escribe Antonio Lucas en ‘Vidas de santos’, alegró la vida de Salinger y de Shirlie Blaney antes de que la joven lo estropeara todo, antes de que le pidiera al escritor una entrevista para el periódico del instituto de Windsor y luego la terminara publicando en el periódico local Daily Eagle. Todo eso fue antes de que Salinger levantara una muralla china entre su literatura y la vida mundana y se quedara allí, viendo pasar los placeres y los días, escribiendo relatos que no se podrán leer hasta 2060, o hasta 2666…

 

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