Dejar una cosa para mañana es dejarla para siempre

 

Antes dejaba siempre las cosas para mañana. Las dejaba ahí flotando en el aire, madurándose a su manera, como un vaso de whisky o un vino de Ronda. Hasta que un día leí una frase antológica de Pla, una frase que tiro sobre la mesa en cualquier reunión de amigos o sobre los abismos de la mesa familiar, cuando a alguien se le ocurre decir que lo hagamos mañana: “Dejar una cosa para mañana es dejarla para siempre”, les digo inmediatamente, recordando lo que Pla escribió un 12 de abril de 1918 en su diario, en su cuaderno gris de literatura de alto voltaje.

Por eso ahora mismo me he puesto a escribir. Escribir como el que no tiene más futuro que el presente. Más país que el ahora, que también es un país extranjero, que se deshace en la lengua como un pedazo de foie. Sí, me he puesto a escribir y a repetir en voz alta unos versos de Juan Luis Panero que me vienen de vez en cuando a la cabeza como un fuerte oleaje de estrofas: “Todo lo que nos queda, todo y nada, / son juegos para aplazar la muerte”. Cada vez que leo en voz alta me acuerdo de Kafka, que leía a voces ‘La Metamorfosis’ y con su propia risa se interrumpía la lectura. ¿Cómo sería, pienso ahora, la risa de Kafka cuando se imaginaba un ‘odradek’, aquel carrete de hilo plano y en forma de estrella del que salía una pequeña varilla transversal?

He seguido leyendo en voz alta versos de Juan Luis Panero, del que el periodista Antonio Lucas, en ‘Vidas de santos’, dice: “Ha pasado media vida sentado, a lo Malcom Lowry, en un cráter de alcohol con un amplio catálogo de ratos de erupción (…). Hay en Juan Luis Panero una ráfaga de malditismo y autoexclusión (…). Tiene timbre de poco hablador que ha pasado del cabreo a la media luna del asco. Un tipo capaz de afirmar que a sus navajas les cambia el muelle en París. O de aguantar uno de los peores terremotos de México D.F. sirviéndose de vodka y sentándose a esperar a que la tierra deje de dar coces”.

Leo y la respiración se me acelera, se me fortalece como si tuviera por dentro nadando un delfín. Como si supiera que al parar estuviera parando para siempre y lo estuviera dejando todo para mañana, es decir, para nunca.

 

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