Dosificarme un libro

No me gustan los veranos. Noto cómo se me evaporan a menudo las ganas de vivir. Y necesito hacer grandes esfuerzos para dar un solo paso. Para mantener el ritmo. Me obligo a respirar esta canícula de sol, polvo, alegría desmesurada y ruidos mientras me atacan todas las nostalgias. El frío es mi hábitat. Una chimenea recién encendida una tarde de domingo de enero, propia para forjarme el carácter. El frío desconocido que llega de pronto y congela los cuadros, los lomos de los libros, los pomos, los grifos de la bañera, los botones de la lavadora. Me gusta el frío, acariciar la hoja de un libro envuelto en mantas. Dosificar un párrafo si es muy bueno. Subrayarme entre ventanas selladas de vaho y niebla.

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La vida en cinco minutos.

“Es verdad que solo tenemos una estación? ¿Un verano -dijo- y se acabó? (Años Luz, James Salter)…Hacía tiempo que no me dosificaba tanto un libro. Normalmente me puede la gula, el impulso irreprimible de saber qué pasará diez páginas después, y otras diez. Impulso que contengo cambiando de lectura en esa única promiscuidad que me permito tras tantos años de contención y fidelidad a la causa. Pero Salter está siendo una excepción, mi excepción”, dice Virginia Galvín en La vida en cinco minutos.

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Caída libre.

En los veranos no hago casi nada. Me aburro mucho. Aburrirse está infravalorado. Me paso horas tumbado sin hacer nada. Acumular dinero no es mi prioridad, mi sentido en este mundo. Quiero hacer de un día, un mes. De un mes, un año. Quiero estirar todo lo posible un segundo y sentir como pasa todo muy lento, como cuando cruzo España en autobús algunas veces y leo libros con la cabeza apoyada en el cristal, y escucho música, versiones de canciones de siempre, que son mi debilidad. La lentitud es mi futuro. Y la ligereza. Estar sin estar mucho…

“Demasiado abatida como para decirle que acababa de pasar un mes tumbada delante del televisor y que casi se le había hecho papilla el cerebro, salió de la consulta dócilmente, no sin reservar antes una cita para un chequeo exactamente dos semanas más tarde, otro viernes”, escribe Sue Kaufman en Caída Libre.

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