El futuro nunca nos falló

Alienación indebida.

En el colegio supimos pronto que íbamos a morir. En cualquier momento levantabas la cabeza y veías el cementerio. Los féretros pasando sin parar por delante de la huerta de alcachofas que rodeaba la escuela. Metías un gol en el recreo y había que celebrarlo en silencio, sin apenas aspavientos, como cuando le marcas con otra camiseta a tu equipo de siempre. Por entonces éramos pocos en el pueblo y no se moría mucha gente. Y en aquel patio te soñabas eterno y querías ser grande como Maradona, como Hugo Sánchez, como Cruyff…

“Con el asentamiento de las libertades individuales y la llegada de Cruyff, descubrí que había más culés entre mis vecinos de los que jamás había imaginado, casi una docena, y con el paso del tiempo parece haberse invertido aquella tendencia asfixiante y uniformadora, especialmente entre las nuevas generaciones, que ya se pasean por las calles enfundadas en zamarras con los colores del club sin temor alguno a represalias, ni siquiera al que dirán”, escribe Rafa Cabeleira en Alienación indebida.

La gran desilusión.

Cualquier sueño de la infancia me desarma y me rompe lo poco que queda ya de mí este verano, que es como todo el futuro deshaciéndose en un rato. Que corta es la vida y que largo es el verano, me digo algunos días cuando el levante gaditano lame con su lengua de fuego la casa de Conil donde pasamos siempre agosto, la casa que nos dejó el abuelo antes de morir. Cómo echa uno de menos al abuelo y a la abuela, ¿cómo se puede vivir sin una abuela? Como no hay otra patria mejor que la infancia y una matria mejor que la adolescencia, a veces sueño con ellas y me acuerdo del abuelo que nos dejó esta casa, el abuelo de bigotillo fino, calva de billar, corbata de nudo gordiano y dedos largos como los de Rocío Jurado. Madre mía, quien puede vivir así con tanta pena y tanta alegría al mismo tiempo, cómo aguantamos esta tormenta existencial anegándolo todo, la casa, la familia, el país, el patio del colegio…
“El futuro nunca nos falló cuando introducíamos por su ranura la moneda de nuestros sueños. Al estar hecho de expectativas y aspiraciones – no de silicio, germano y chips, como el microprocesador- desaparecía toda posibilidad de fallo. Adoptaba, certero y versátil, la forma que deseaba cada uno de esos miles de millones de seres humanos”, dice Javi Gómez en La gran desilusión.
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