El lugar del asombro 

A veces, cuando me entran muchas ganas de hacer reproches, me asomo a la ventana como hacía Kafka. Apoyo la cabeza en la mosquitera y dejo que el aire refresque mi cara. Por cierto, que esta mosquitera no funciona mucho porque, a menudo, veo revolotear por las páginas del diario el cuerpecillo microscópico de un mosquito y pienso cómo consiguieron colarse en el arca de Noé entre tanto gigante. Pienso también si estos diminutos insectos no serán los parientes lejanos de los mosquitos que picaban en verano a Cleopatra y a Marco Antonio.

Impón tu suerte.

Donde vivo aquí en el sur, en un pueblo más muerto que Comala, hay muchos mosquitos y muchos motivos para hacer reproches. Aquí en el sur, donde creo que vivo, quedan aún sin desmontar los raíles de un tranvía que funcionó hasta hace unos años, que rechinan cuando tocan las ruedas de mi coche.

“Durante un tiempo, el matrimonio Nabokov, en el Berlín de 1922, subió al mismo tranvía que tomaba Kafka, el Berlín-Litchterfelde. Nunca le hablaron porque no sabían que era él, pero Vera Nabokov siempre dijo recordar “aquella cara, su palidez, la tirantez de la piel, aquellos ojos tan extraordinarios, ojos hipnóticos resplandeciendo en una cueva”, escribe Enrique Vila-Matas en Impón tu suerte.

americamovil

América.

A veces se me aparece Kafka en sueños. Su palidez europea,  aquellos ojos blancos de murciélago herido en la noche berlinesa. A veces se me aparece en sueños como a otros se le aparecen Borges y María Kodama caminando por un Buenos Aires de laberinto y biblioteca. Se me aparece Kafka algunas veces, cuando me quedo dormido sobre el lado derecho como Scott Fitzgerald, Kafka con su abrigo color pardusco como de barra de regaliz, símil que anoté una vez en mi mano cuando leía sus diarios en un café de Malá Strana.

“No se puede ser europeo toda una vida, por eso se fundó América. Para dejar el abrigo europeo en el colgador del armario de la entrada. América era el sitio para una reinvención pronosticada en nuestros genes más febriles. América era el lugar del asombro. Así la pensó Franz Kafka en su novela del mismo título”, dice Manuel Vilas en América.

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