El sentido de vivir

Esta semana he tenido una alambrada afilada de espinos en la garganta. Un pinchazo permanente oxidándome la vida, un pinchazo en la parte derecha inferior, cuesta abajo hacia el segundo piso del cuerpo. Bebía agua y creía estar tragando lava, de la que baja bien roja durante una erupción. No, no quiero morir, me he dicho varias veces esta semana, porque yo pienso siempre que me voy a morir, de un momento a otro, más de noche que de día, sobre todo en esas ocasiones que de pronto me despierto, salto bien alto de la cama y corro por el laberinto de la noche a por un cachito de aire. No quiero darle a nadie la semana pero el dolor me hace pequeño, me reduce a cáscara humana. Pero del lenguaje extranjero del dolor saco yo cositas buenas, cosas que cuando las pienso me dan tanta templanza, que hasta llego a entender por un instante el sentido de vivir.

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La importancia de no entenderlo todo.

“Después terminó la guerra, y desde entonces todo ha ocurrido muy rápido. La vida empieza lentamente, pero luego se acelera cada vez más (…). El sentido de mi vida, que posponía hasta medianoche y adaptaba a diferentes lugares y trabajos, era escribir. Tardé mucho en darme cuenta, pero ahora lo sé”, dice Grace Paley en La importancia de no entenderlo todo.

Hemos comprado esta semana una hucha de cerdito para ir a Cuba. Todas las semanas vamos a ahorrar un poco y el verano que viene iremos a La Habana. Tú ya has estado en La Habana y es el lugar donde dices que vivirías toda la vida. Me pones canciones nostálgicas de jazz de Ariel Brínguez y bailamos en la cocina como cuando nos conocimos. Cuando bailo contigo, cuando te veo, cuando pones canciones ñoñas de jazz, no me duele la garganta casi nada. Es como si de pronto mi cuerpo hubiera saltado en un pis pas la alambrada de espinos, hubiera vencido al dolor bailando contigo. Si al final me muero alguna vez, que sea en la cocina, mientras escribo nuestra historia con los pies sobre el suelo blanco y limpio.

Cuba, una isla, tres continentes

“En la isla de Cuba hay cuatro calidades de azúcar, según el grado de pureza o grados de purga. En cada pan o cono boca arriba, la parte superior da el azúcar blanco, la parte media el quebrado, y la parte inferior, o sea, la punta de cono, el cucurucho; por consiguiente, las tres clases del azúcar de Cuba son blancas; y solamente hay una pequeña cantidad de azúcar en bruto azúcar mascabado”, leemos en Cuba, una isla, tres continentes, de Alexander Von Humboldt y Gertrudis Gómez de Avellaneda.

 

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Fotografía: Rachel Jump

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