El sol tecleando mi rostro

Voy perdiendo velocidad. Como un avión colombiano antiguo o un perro viejo color tierra de lengua blanca y seca. Soy un hombre cada vez más lento, más Salinger. De cada día hago una fiesta. Cojo un día, lo estrujo, lo abrazo, lo hago mío otra vez como a una amante que no he olvidado y ha vuelto un mediodía cualquiera, y acaricio las rayas de sus ojos, tan despacio, que se me va en ello la noche con su idioma irreal. Como todo se me está escapando, como no dejan de abrirse grietas a un lado y a otro, me he propuesto a perder velocidad, y a apasionarme con eso que, quizá para los demás, ha dejado de tener sentido. Un jardín. La luna desdibujándose, arañando de misterio las ventanas. El viento que tropieza con una rama y la embellece, entre gotas de luz. Abrir un periódico, mientras el aire es de café recién hecho. Leer crónicas.  Hervir de entusiasmo.

Crónica de una paz incierta.

“Para creer en la vida hay que dejar atrás la rabia. Lo acaba de aprender en Puerto Boyacá, pero a mí me reconcomía saber que al bajar de ese autobús me iba a encontrar a esos victimarios, los paramilitares ya desmovilizados. Por instantes pensé en volver a casa para entrevistarlos con la cabeza fría. Imaginaba una trituradora en cada una de las tupidas laderas que iba atravesando, mientras el sol tecleaba mi rostro entre los intermitentes árboles”, escribe Aitor Sáez en Crónica de una paz incierta.

Ahora llueve y mi nariz palpita de humedad y se reseca como si fuera a morir. Hay olores que me trocean como a un pollo. Me laminan como si fuera un pedazo grueso de lomo vacuno. Cada instante bello que toco me lo guardo por dentro y me hace en secreto invencible. Y pienso de pronto en los otros, en los que huyen por la guerra, en esos a los que no dejan perder velocidad, hacerse gente lenta, libre, bella…

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No somos refugiados.

“Aquí viven más de veinte mil personas que huyeron de la guerra. Son casi todos cristianos que escaparon de los ataques de la coalición islámica Séléka en diciembre de 2013. Este terreno pegado al aeropuerto llegó a alojar a cien mil personas: muchos volvieron a casa -o a lo que quedaba de su casa-, pero las que residían en los barrios más conflictivos se niegan a regresar”, dice Agus Morales, en No somos refugiados.

 

Fotografía: Nicola Odermann

 

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