En el arcoíris de gasolina de un charco
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El arte de perder.

Tengo trazado un perfecto plan de huida. De desaparición. De fuga extrema. Y lo voy ensayando con viajes a distintas ciudades. Anoto calles, edificios de fachadas parduscas y sucias donde un día podría vivir como en ninguna parte y ser anónimo. En verdad ya lo soy. Hay semanas enteras en las que no veo a nadie. Apago todos los teléfonos. Y me quedo en el sillón, como Oblomov, apático, hikikomori del sur, leyendo poesía de Alejandro Simón Partal: Ahora, lejos de lo humano, todo lo humano te es ajeno…¿Por qué este deseo de apartarme del mundo, de viajar a ciudades donde no hablo con nadie y me recluyo en los hoteles más ruidosos, tristes, baratos, decadentes? ¿A quién me parezco, de quién heredé esta tendencia a la soledad constante, al silencio, a la saudade?

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¿Dónde vamos a bailar esta noche?

“Creo que no vamos a ninguna parte. Me alegra que ya no me tengas respeto ni afecto. Las personas se hacen bien unas a otras o no, y obviamente yo te hago daño. Te amé con todo lo que tenía para dar, pero algo marchaba tremendamente mal. No hay que buscar mucho el motivo: yo. No sirvo para las relaciones humanas. Solo te amé; me lo diste todo. Y fue muy bonito y caballeresco y muy propio de ti. Quiero morir, Sheilah, y hacerlo a mi manera”, escribe Scott Fitzgerald en El arte de perder.

Una de las ciudades donde desaparecería sería Roma. En cualquiera de las callejuelas que bajan de Termini a la Piazza Venezia. En cualquiera de las escalinatas que te encuentras a un lado y a otro, que te llevan a pasajes, portales y soportales parecidos a un abismo. Voy bajando ahora desde Termini y me desvió en dirección al Quirinale. Y bajo la sombra de una estatua me siento, abro un libro y creo que ya no existo, que solo soy un personaje en un decorado semiderruído, una especie de westworld romano, donde todo empieza una y otra vez y nada acaba, y los turistas son los mismos turistas, y todo está asediado por la repetición, el vocerío, el capital, el tumulto, la muerte, la nada.

“Por debajo de los tumultos, los amigos, los cócteles, los futbolistas, los viajes, y las marcas de ropa, en los textos de Javier aparece también un solitario gambardelliano que puede encontrar fascinación, como Holden, en el arcoíris de gasolina de un charco”, dice David Gistau en el prólogo del libro ¿Dónde vamos a bailiar esta noche?, de Javier Aznar.

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Fotografía: Cristina Coral.

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