En funciones

No sé nunca bien lo que me espera en el laberinto irreversible de un domingo. Ese día de la semana que pasa cuando no pasa nada, salvo el fútbol, el tiempo, las nubes y el silencio. Y los suicidios. En la calma de un domingo se agazapan todos los suicidios. Y es mejor tener la mente ocupada. Tener la mente llena de lunes. De fatigosos lunes y martes flotando por el cerebro reptiliano por donde ladran los instintos. O por el sistema límbico que suena a democracia que fluye, a democracia sin corrupción ni pantalla de plasma.

Es mejor no tener respiro. No pensar lo libre que podríamos ser un día si por un momento nos diera por pensar. Si por un momento enterráramos la seguridad y sacáramos toda nuestra libertad reprimida. Pero nos hemos convencido que es mejor tener siempre la cabeza a pleno rendimiento, tener la cabeza echando humo como la M-30 en Navidad, mientras todo lo demás está en funciones. El mar y la noche. La palabra y el político. El Banco de España con su voz metálica de moverse un rato la calderilla en el bolsillo.

Yo ahora mismo me pondría en funciones. Dejaría de escribir aquí mismo y lo que vendría a continuación ya no vendría, se quedaría aquí, justo en esta palabra, y luego se vería mucho blanco, una montaña de blanco, un Himalaya vertical de vacío, mucho blanco para imaginarse la cosa, para estirar la imaginación como se estira un sueldo el día 24 o un metro para que quepa la mesa que te vas a traer del Ikea. Sí, ponerme en funciones y hacer como que llego a un acuerdo, a un acuerdo conmigo mismo o con alguien, jugar al falso consenso. Aprender a mentir mientras se dice la verdad. A decir la verdad mientras se miente. A quedarme con la gente. Sí, lo que voy a hacer ahora mismo en ponerme en funciones y que ya no me moleste nadie hasta que se marchite la primavera y venga el verano rojo sandía, el verano donde pongo en suspenso la ambición y la egolatría, y me siento como si estuviera en una de esas fiestas gitanas de Vargas Llosa que dura cien días, donde el que más o el que menos lleva media vida funcionando en funciones.

Acabo de escribir en mi diario: “Estoy en funciones”. Y luego, boca arriba, como Gregorio Samsa, he pensado en muchas cosas que podría hacer en mi vida en los próximos cinco minutos. Y me he acordado del epílogo sonoro del libro de Virginia Galvín, que hoy cumple años, y me he puesto a crear con sus canciones una playlist tras otra, mientras me he acordado de una frase de su libro ‘La vida en cinco minutos’: “Esa mujer, la buena literatura, a la que uno quisiera arrancar el velo, los ojos, la cabellera. El aliento mismo, si pudiera”. Eso haré: arrancarle el velo, los ojos y la cabellera a la literatura y seguir en funciones, mientras suena She de Elvis Costello, mientras suena a su manera el domingo.

Puedes adquirir La vida en cinco minutos de Virginia Galvín en:

http://circulodetiza.es/autores-2/virginia-galvin/

 

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