En Galicia cruje el talento

 

 

Cuando era universitario y polígamo, iba yo siempre por la calle mirando a ver si veía por ahí unos botines blancos de piqué. Explorando en secreto los pies de la gente que dejaba sus huellas por el centro de la ciudad, por la arena “vieja, meada y numerosa”, que decía Umbral, aquella arena amarilla que cubría las plazas recortadas de luces cenicientas, como una vida larga que se esfuma. Andaba por ahí descifrando el dandismo y el estilo de la calle por los pies, buscando botines blancos de piqué por el Palacio de Cristal y los escalones del estanque, oteando por si me encontraba con aquel reguero de blancura que dejaba Valle-Inclán por los cafés humeantes de Madrid cuando andaba con los suyos.

¡Qué recuerdos! ¡O qué ficciones! Ahora, que soy sólo metafísicamente soltero, he pensado en lo grande qué era eso de tener todo el tiempo del mundo para ir a mirar por mirar botines como los de Don Ramón, que decía que el periodismo avillanaba el estilo, aunque dejara buena muestra de su ironía y elegancia en muchas columnas. “Lo que temía Valle no era el avillanamiento del estilo, sino la autoridad del jefe (periodístico y político, dos jefes o más), la tiranía de un horario o una fecha de entrega”, dice Umbral de aquel gallego, que más que un escritor parecía el lenguaje mismo o un idioma de estreno.

Otro gallego, Camba, que odiaba al que inventó la imprenta, dijo que el periodismo es una gran cosa a condición de que se abandone a tiempo. Y uno dejaría el periódico ahora mismo por la literatura sino fuera porque la literatura “es una mala forma de ganarse la vida” o porque en los periódicos es donde se ha hecho siempre la mejor literatura, como han vuelto a demostrar Jabois y Tallón. “Pero yo cada vez opino menos y peor y si mi opinión no interesa en mi casa no entiendo yo por qué va a interesar en Madrid, un sitio al que Camba dijo que los gallegos solo van para ser ministros, porque en Galicia se admite el que uno sea original, pero no hasta el punto de irse a Madrid para no volver de ministro, mientras que en Buenos Aires puede ponerse un gallego tranquilamente de criado o de cochero”, escribió en su día Jabois, que también dijo de Tallón: “El adolescente Tallón, cuando era portero, quedaba con su novia en el palo derecho y cuando se morreaba con ella los atacantes contrarios respetaban su amor”. Memorable.

Habrá que irse a Galicia un rato para ver qué tiene ese aire, esa luz transparente y gris tras la lluvia, esas aldeas donde cruje la madera de la chimenea y el talento, el periodismo y la literatura, irse a Galicia a comprender el misterio, el enigma, la cosa y en ese plan.

 

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