Erimatua

He estado un rato observando a la mosca que escudriñaba la letra eñe. La mosca, ni gorda ni flaca, suspendida sobre la superficie de la letra eñe, la mosca nómada, hispánica, solitaria, extranjera, con sus ojos hexagonales, sus miles de rejillas como píxeles estirables, la mosca que nació hoy y morirá hoy, que no tendrá ataúd, ni duelo, ni llanto, ni plañideras. Hay tres temas, decía Monterroso, el amor, la muerte y las moscas. Siempre parece la misma mosca la que vuela por la mesa, la mosca esa del linaje de Cleopatra, la descendiente volátil de la que se paró un día en la nariz puntiaguda de la reina, de todas las reinas.

Polinesia.

“El ataúd, aunque de reciente importación, atrae extrañamente su atención. Para el marquesiano maduro es lo que un reloj para un escolar de Europa. Hacía diez años que la reina Vaekehu importunaba a sus padres para que le enviaran uno; por fin un día cumplieron su deseo: le regalaron un ataúd, y el alma de la pobre mujer ha recobrado ya la paz. Me contaron una anécdota que viene a ser un divertido ejemplo de la intensidad de esta preocupación. Los polinesios están sujetos a un mal que parece proceder de la voluntad más que del cuerpo. Me han dicho que los tahitianos poseen una palabra para designarlo, erimatua, pero no la encuentro en el diccionario”, escribe Stevenson en Polinesia, Paraíso encontrado.

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Las encantadas.


Siempre que me hago una ensalada, que corto la lechuga, el tomate, la cebolla, mientras lloro cortando la cebolla, me acuerdo que Stevenson murió mientras se preparaba una. ¿De qué moriré yo? ¿De sobredosis de realidad? ¿En un accidente de tranvía por una Praga nevada, de ojos diminutos y kafkianos? ¿En un barco de camino a la nada? “Es bien sabido que el sepelio en el mar se realiza por la pura necesidad que impone la vida marinera, y que sólo se practica cuando la tierra queda muy lejos de popa y aún no es divisable desde proa. De ahí que, para los barcos que navegaban cerca de las Islas Encantadas, éstas representaran un oportuno cementerio. Una vez acabado el entierro, algún poeta del castillo de proa y artista de buen corazón coge un pincel e inscribe un epitafio ramplón en la lápida”, escribe Herman Melville en Las Encantadas.

 

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