En mayo de 1924, un año antes de que El gran Gatsby viese la luz, Francis Scott Fitzgerald trabajaba febrilmente en el libro, renunciando a leer nada que no fuese Homero y literatura homérica e historia desde el año 540 al 1200. «Y ruego a Dios no ver un alma durante seis meses; mi novela es cada vez más extraordinaria; me siento completamente dueño de mí mismo y por fin podré satisfacer mi deseo de soledad», le escribía al novelista Thomas Boyd desde Francia, donde acababa de recalar con diecisiete maletas, y esperando encontrar una villa con mayordomo y cocinero para él, su mujer y su hija. La exaltación lo embargaba, y en agosto de ese año le confiesa a Maxwell Perkins, director editorial de Scribner’s, que «mi novela es más o menos la mejor novela estadounidense jamás escrita». Nunca siente un autor tanto entusiasmo por su obra como cuando no está terminada. Después de todo, estás haciendo algo, y ese instante es más placentero emocionalmente que el momento en el que, acabada la novela, ya no tienes nada que hacer, salvo ser juzgado por ella.

 

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