Especialista en recuerdos vividos

Iba leyendo en el periódico que Sergio Pitol había muerto cuando el ascensor se paró. Se apagaron las luces como si se hubieran precipitado sobre mí todas las noches del mundo. ¿Qué se hace cuando te quedas atrapado en un ascensor? Lo primero que sentí es un frío seco reptando por debajo de la piel, un frío que ahogaba mi voz, secaba mi saliva y evaporaba el oxígeno. Todavía me pasan cosas por primera vez, pensé, mientras recordaba lo que hacía el protagonista de Ascensor para el cadalso, de Malle, tras quedarse encerrado en el ascensor. Es extraño en los tiempos que estamos que a un ascensor se le vaya la luz, tanto que creí por un momento que no habían pasado los años y que era todavía aquel joven que un día, por el mes de abril de 2003, se miraba al espejo de un ascensor en Roma, un ascensor antiguo, de doble puerta, que subía y bajaba por una pensión junto a Termini y que de pronto también se paró, pero solo un segundo, sobre la verticalidad pardusca de Roma. Pero no, uno nunca es el que fue, por más que todas las tardes salga a correr, me cuide al máximo el cuerpo y el espíritu y coleccione los máximos momentos de felicidad posible. No, uno nunca es el que fue…

hambrederealidad

Hambre de realidad.

“De acuerdo con el análisis que hace Ulric Neisser de la estructura de la memoria episódica, al recordar empleamos complejas estrategias narrativas que guardan un estrecho parecido con las estrategias de los autores que escriben ficción realista. David Pillemer, especialista en recuerdos vividos, cree que hace falta algo así como un toque pictórico (la mente es el pintor) para dar vida a un recuerdo y hacerlo increíble”, dice David Shields en Hambre de realidad.

Como la luz no venía (Eso es de allí, se decía antes, cuando se iba la tele o la luz por estos mares del sur) seguí leyendo el periódico sentado en una de las esquinas de ese aparato rectangular, esa máquina de subir y bajar personas en silencio. Leí un artículo de Juan Villoro, en El País, donde alababa la generosidad que Sergio Pitol mostró en la lectura de obras ajenas “lo que demoró su propio trabajo”. Leía esto y para reducir el monstruo sibilante de la angustia, la oscuridad de falso secuestro, la incomodidad del habitáculo detenido entre dos pisos, me acordé de que Sergio Pitol guardaba dinero entre los libros y sonreí al pensar que no hay un lugar más seguro para el dinero que un libro, más que un banco, un colchón, la tela por debajo de un silla, un calcetín, el sujetador donde lo guardaba mi abuela…

mientrashayabares

Mientras haya bares.

“Hace tres meses guardé un billete de cien euros dentro de un libro. En ese momento acababa de leer que Sergio Pitol, en los años que ejerció de diplomático en algunos países del Este, usaba su biblioteca como caja fuerte. Tenía predilección por las obras de Moliere. Me pareció un gesto tan hermoso y audaz, tan poético para estar hablando, en el fondo, de dinero, que quise imitarlo sin perder un segundo”, escribe Juan Tallón en Mientras haya bares.

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