Familia, oficina y amor

Hubo un tiempo en que estuve bien atrapado en la zanja del capital. Competía. Tenía ambición. Quería llegar más lejos que nadie. Quería siempre más. Cuando no producía me sentía vacío, ahogado. No era esa una vida agradable. Cuando leía no pasaba de la primera página. No tenía tiempo para mirar, ni siquiera para amar. Era un eslabón más de un mundo loco, acelerado, interesado, un soldado al servicio del beneficio, del poderoso, del sistema oscuro y atroz… Un día, hace ahora tres años, dejé esa vida de oficina y ahora apenas produzco nada. Escribo en mi diario. Publico estos artículos en verano después de venir de la playa sucia como el babero de un niño. Veo películas de Wim Wenders. Esta tarde, por ejemplo, he visto otra vez El amigo americano y he recordado que esta película del director alemán está basada en una novela de Patricia Highsmith, a la que estoy leyendo a ratos en el bar debajo de casa.

suspense

Sus…pense.

“Antes de hablar del primer borrador, me gustaría hablar de la primera página. Es importante, porque puede surtir dos efectos: que el lector se introduzca en el relato o que cierre el libro y lo deje. Un escritor al que conozco me dijo que no le importaba dedicar diez días a la primera página. Yo me quedaría ciega si le dedicase tantos días, pero he llegado a escribir tres versiones en un día y si no quedo satisfecha paso a la segunda página con la idea de volver a mirarme la primera al día siguiente. No hay nada como volver a un problema después de una pausa”, dice Highsmith en Sus…pense.

No sabía yo que leer podría cambiarme un día la vida. Es lo único que me aplaca. Que me serena. Con un libro entre las manos hasta siento que puedo cambiar el mundo. Hacerlo más sencillo, más humano, más habitable. Cuando mi cuello estaba en la boca del tigre del capital no sabía que los libros vendrían a salvarme. Cuando trabajaba en Generali Seguros, como Kafka, no me dejaban pensar. Ahora sobrevivo porque leo. Y nada más…

Impón tu suerte.

“En un día de septiembre de 1917, habiéndole sido diagnosticada la tuberculosis, le llegó a Kafka su particular pregunta del ahora y el qué, resuelta kafkianamente con un estallido de buen humor, pues vio que la enfermedad le permitía una retirada completa del mundo y librarse de cuanto le ahogaba: familia, oficina y amor”, escribe Enrique Vila-Matas en Impón tu suerte.

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