Golpe de volante

Es más fácil enamorarse que aparcar, que buscar un hueco en la tierra, en las arterias que riegan y obstruyen de humo y ruido el corazón de las ciudades invisibles. Eso he pensado esta semana, cuando para comprar un libro de poesía o de Simone Weil he tenido que recorrer justo 35 kilómetros, atravesar radares, pueblos feos, niebla, viento con salitre, semáforos de largas avenidas que pasan en nada del rojo al verde, del verde al rojo. Algo debe andar mal cuando para comprarme poesía o un libro de Simone Weil tengo que atravesar media provincia. En el pueblo hay panaderías, pescaderías, tiendas de caza, bares, muchos bares, cafeterías, tiendas de compro oro y vendo plata, bancos, muchos bancos velando el sucio dinero… en el pueblo hay de todo, y no es pueblo chico, pero librerías, librerías quedan dos, y la variedad bibliográfica es poco atractiva. ¿Alguien me explica qué está pasando aquí, que hay dos librerías en el pueblo y diez o doce locutorios?

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Vidas de santos.

“Una vez licenciada, Simone Weil se alimenta de un contrabando de lecturas poderosas que van de Platón y Descartes a Paul Valéry. Viste con un gusto casi por la indigencia, siempre de negro, con vestidos mal cortados. George Bataille la recuerda en la indumentaria, como en todo lo demás, ajena a lo superficial. Rechaza las diversiones de la fe y comienza a dar clases en institutos de barrio, en liceos de pueblo, procurando mantener rigurosamente una lejanía de cualquier comodidad”, escribe Antonio Lucas en Vidas de Santos.

Después de enamorarme tres o cuatro veces en un rato, he visto un hueco imposible y he soltado el coche, lo he encajado allí, porque el hueco era más pequeño que el auto, y he caminado hacia la librería, a la que no se puede llegar en línea recta, porque están las obras del metro. ¡Cómo echo de menos el metro! Pegar la cabeza junto al cristal y ver, a toda velocidad, todo eso que hemos creado debajo de tierra, como una familia de topos ciegos… He llegado a la librería y se ha impuesto mi suerte, porque justo cuando iba hacia la zona de poesía he visto un libro amarillo refulgente, un libro amarillo de sol de agosto a media tarde, y me he ido hacia él como un sonámbulo, como un hipnótico literario que olvida a qué ha venido, que olvida a Simone Weil y sus gafas redondas tipo Walter Benjamin o Pessoa, que olvida la poesía de Juan Antonio González Iglesias que había venido a ojear o la de Alejandro Simón Partal, ¡qué poetas tan buenos!, y me he abalanzado sobre el nuevo libro amarillo de Vila-Matas y he empezado allí a leerlo, como hechizado.

Impón tu suerte.

“En la carretera de la vida te desvías, un día cualquiera, por un camino equivocado, y basta ese leve error para que todo empiece a irte raro y entres en una pesadilla imparable. A veces, se trata solo de un golpe de volante, un mínimo viaje absurdo, como sucede en Detour, película de Edgar G. Ulmer del año 1945, puro cine negro de serie B, un filme angustioso de solo 69 minutos de duración, hecho sin dinero (como la prueba que no alcanzara a tener siquiera un metraje estándar), pero con un talento narrativo (Ulmer fue discípulo de Murnau) descomunal”, dice Enrique Vila-Matas en Impón tu suerte.

Puedes adquirir Vidas de Santos e Impón tu suerte en:

https://circulodetiza.es/libros/

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