Gusanitos de maíz

Estaría todo el día jugando al fútbol como Bob Marley. Me pondría las botas de la infancia, las botas Marcos que estaban amarillas del campo de albero, el campo que dice mamá que alineaba con cal el bisabuelo, y saltaría a cualquier terreno de juego. De verdad, que viviría para el fútbol. Viviría para no hacer nada en la vida que marcar goles o desmarcarme de las cargas, de los trabajos, de las obligaciones, de la tecnología. Mi aspiración suprema sería quedarme en fuera de juego de la realidad y vivir en los aledaños del mundo. Con un balón y con un trocito de suelo sé yo que sería muy feliz, un trocito de campo donde jugar con los amigos y luego trepar por el árbol ese que daba albaricoques los veranos y beber mucha agua, agua del Molino las Monjas que llegaba pura, fresca, no esa que viene ahora cargada de barro directa del pantano.

Alienación indebida.

“Tres cosas significaban la felicidad absoluta para mi bisabuela Elvira: que al Madrid le pitasen un penalti a favor, que el toro derribase al caballo durante el tercio de varas y sentarse a contemplar el fuego, mientras comía gusanitos de maíz”, escribe Rafa Cabeleira en Alienación indebida.

Ahora, cuando no juego al fútbol me agobio mucho y acabo en el bar, como Rajoy. Me voy al bar de abajo de casa que está lleno de filósofos del fútbol que ganan Mundiales y Copas de Europa desde la mesa. La furia del español sentado que decía Ruano. Me agobio, digo, cuando no quiere nadie ir a jugar el partido y me tomo unas cervezas en el bar del barrio, bar Estadio se llama, y me dan las tantas, porque no tengo hijos y la novia trabaja de noche, en un hospital, por especificar. Me fijo en lo que hablan los filósofos estos del fútbol, con sus dedos amarillos como los de Pla. Escucho y desaprendo tanto de fútbol que hasta podría coger al equipo del pueblo y ascenderlo a Regional, porque nunca hemos salido del pozo de las ligas y nuestra única conquista en el balompié es que el nuevo seleccionador de España nació aquí.

mientrashayabares

Mientras haya bares.

“Hablar no es malo, pero hablar poco es mejor. Se acaba antes. En general, hablar debería ser una operación breve más a menudo. No hay tanto que decir, a fin de cuentas. Todo debiera ser relativamente breve, casi siempre, para pasar al siguiente punto, e irse a casa. Ciertas frases, después del primer verbo, se vuelven muros grasientos, infranqueables”, dice Juan Tallón en Mientras haya bares.

Fotografía: Opio, obra de Joana Vasconcelos

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