Había entonces mucho amor

En otro mundo, no tan cerca ya de este, yo me sentía bien seguro. Estaban todos. No se había ido nadie. No me preocupaba nunca. Reía de alegría. Lloraba de alegría. Me quedaba muchas tardes viendo caer la nieve. Sin inquietud alguna. No tenía incertidumbres. Ni desesperanzas. Cerca de una chimenea aprendí el alfabeto. Mi madre me acariciaba la mano. El fuego pellizcaba nuestras caras. ¡Qué felices éramos! Casi sin nada. Sin horarios. Sin objetivos. Ni proyectos. Ni metas. Éramos solo camino. Nos deleitábamos en los instantes. En cada palabra. En cada gesto. En cada huella. En cada conversación, retrepados allí, en nuestros sillones orejeros. Ahora, mirando atrás, pienso que nos sentíamos insuperables.

Gente que se fue.

“Estaba hundido en uno de los sillones orejeros y bebía solo, a la espera de que se le sentara algún conocido. O alguna chica de la que hacer travesuras tales como robarle la aceituna del dry entre una promesa y otra de convertirla en su Zelda para las grandes fiestas de sus vidas”, dice David Gistau en Gente que se fue.

Reconozco este invierno. Es como mi casa. Aquí están todas las cosas.Toda la gente. Reconozco este frío, que se desliza por las paredes y me interroga. Yo nací con el frío. En el hospital civil de Málaga. En enero, casi en febrero. No me gusta ya febrero. Nos dejó en los últimos años demasiadas cicatrices. Vivir es ir cicatrizando las tristezas. Disimular con una sonrisa los agujeros negros que se abren en la biografía. No me gusta febrero pero me gusta el frío, el frío del sanatorio en el que nací. Hace ya tanto tiempo, que aún había en el mundo cabinas, enciclopedias, amor, había en el mundo entonces mucho amor.

elartedeperder

El arte de perder.

“Llevo largo tiempo sin escribirte porque estoy agobiado de preocupaciones y ansiedades. Zelda ha estado muy mal, y sigue en el sanatorio. Casi pierde la razón y aún no se encuentra a salvo. Pasamos una primavera de locos y, en mitad del verano, por una combinación de preocupaciones y trabajo, mis pulmones sufrieron un desgarro. Ahora estoy bien, gracias al cielo”, escribe Scott Fiztgerald en El arte de perder.

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