Hablarse a uno mismo

He pensado que mientras escribo lo que me estoy es hablando a mí mismo. Lo he pensado porque creo que lo he leído o solo he imaginado que lo he leído. Lo cierto es que se escribe como se lee y luego, como dice Piglia, escribir cambia sobre todo el modo leer.
Escribes y vas agrietando las certezas. Vas agujereando como un queso la vida aburrida y absoluta, la vida de andar por casa. Escribes y te preguntas si no será que primero se escribe lo que no se quiere escribir, la parte sobrante de tu material narrativo. Años de búsqueda de una voz propia. Años de triturar las voces ajenas. Años que parecen perdidos.
Escribir es salir no se sabe bien de dónde. Y es hablarse a uno mismo todo el tiempo. Sin parar. Ensimismado. Sin entender nada o entendiéndolo en secreto.
“Hay cosas que no acabo de entender. Me he ido llenando de arrugas aquí sentado, sin ver a nadie, y sigo sin entender muchas cosas. Por ejemplo, esa negrura repulsiva del sol. O el ruido que hace la soledad al caer dentro de la memoria”, escribe Caballero Bonald en Anatomía poética.
Escribo y siento cómo gotea esa soledad dentro de mi memoria y cómo la ciudad, sin Gobierno, está como suspendida de rutinas y de lunes. Porque un lunes es solo eso: frenar la imaginación en seco y olvidar la infancia, la luz del fin de semana, salir del sueño…

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