Mi hermano muerto se llamaba como yo

Los miro desde la calle, escondido entre los coches. Los observo cómo se mueven por el salón, cómo danzan por la cocina, por el dormitorio que fue de mis padres, por el balcón donde mamá guardaba las patatas y las cajas rojas de Cruzcampo. Hay una mujer que tiende la ropa y una sombra que va y viene por mi habitación. En la casa donde nací vive ahora otra gente. La casa, el piso más bien, donde tuve mi primer recuerdo, donde vi por primera vez a un muerto. La casa donde leía a Joyce, a Kafka, a García Márquez y a Scott. A Clarice Linspector. A Gay Talese. ¿Qué queda allí ya de mí? ¿Sentirán de noche los niños de ahora el rastro de los pasos del niño que fui? ¿Notarán que un día hasta lloré así muy fuerte por un amor, por la tía muerta que no conocí, por el hermano muerto que no vi?

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Palos de ciego.

“Mi hermano muerto se llamaba exactamente igual que yo, aunque lo correcto será decir que yo llevo su nombre. Mis padres me llamaron igual desafiando la superstición y el mal fario, una decisión no exenta de riesgos porque si de algo había muerto mi hermano era de mala suerte. La mala suerte de elegir una pésima clínica – San Ramón, en Madrid- y de que a mi madre le atendieran una comadrona infame y unos médicos negligentes”, dice David Torres en su nueva novela, Palos de ciego.

En los tiempos muertos que me deja el lenguaje, corro a veces hasta la calle de siempre y me acuerdo que allí, en la primera cama, yo dormía sobre el costado derecho, sobre la parte lateral derecha de mi cuerpo, porque había leído que Scott Fitzgerald dormía sobre el izquierdo para fatigarse el corazón. No quería yo tan joven, tan niño, fatigarme nada ya tan pronto y por eso siempre dormía echando el cuerpo hacia el costado derecho, y desde allí miraba por las ventanas cómo se iban los primeros veranos, los primeros olores, las primeras voces, cómo venían los primeros silencios.

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El arte de perder.

“Disculpa que te escriba a máquina, pero se supone que debo guardar cama una semana y quedarme mirando el techo. Me he resistido un poco a ese régimen por parecerme demasiado drástico, así que me permiten trabajar dos horas al día. Fuiste un encanto durante todo el viaje, y no pasó ni un minuto en que no sintiera de tu parte toda la antigua ternura y una consideración que antes no sabía que tenías. Dado que solo soy capaz de recordar tu consideración, quizá lo anterior suena como lo que diría un doctor o alguien que te conoció cuando estuviste enferma”, le escribe Scott Fitzgerald a Zelda, en mayo de 1939, en una de las cartas recogidas en el libro El arte de perder.

 

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