Hipnosis

Hoy, junto al Pompidou de París, daban sesiones de hipnosis gratis. Estaba allí la gente con los ojos en blanco, la gente con los ojos vueltos, deshumanizada, como si le hubieran robado primero la cartera, luego el móvil y finalmente el alma, en ese orden. He pensado, por un instante, sino sería todo eso una simple performance del estado francés, una autoparodia del sistema actual. Una autoficción callejera sobre la sociedad hipnótica, panóptica que habitamos. Mi novia, que es psicóloga, a veces hace conmigo ensayos de hipnosis. Y dice siempre que me invento una vida nueva, incluso un nombre nuevo. Satie, dice que le digo que me llamo. Erik Satie, como todo el mundo.

“Me imagino viviendo en Dubuque, me invento una vida en Dubuque. Un hombre que trabaja durante la semana en un empleo cualquiera. Que tiene una casa. Que no tiene amigos. Que es perfectamente feliz no teniendo amigos ni familia ni mujer ni amantes ni novias, pero sí una casa, heredada de su madre muerta. Que únicamente le quedan a la intemperie los fines de semana. Que esa intemperie la llena pasando el sábado y el domingo metido en los casinos. Que allí nadie se saluda. Que allí el mundo te deja en paz sin abandonarlo. Que en los casinos nadie es más que otro. Que en los casinos no te preguntan cómo te llamas. Que luego, cuando te cansas, te marchas, sales afuera y allí está tu coche, perfectamente aparcado. Que te metes en tu casa y allí hay otro casino. Que te metes en tu corazón y allí hay otro casino porque todos llevamos un casino dentro en donde se apuesta a vida o muerte y tampoco eso contiene emoción alguna”, dice Manuel Vilas en América.

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América.

Esta semana he empezado una dieta y noto, a veces, como la sangre no me llega a la cabeza, como la ropa no me llega al cuerpo. Vivir sin azúcar es inhumano y no trae nada bueno. Solo seriedad, malas caras y angustia, como cuando te llega la carta de la luz y te quedas a dos velas. A escondidas, cuando nadie me ve, me meto en la boca un par de pastillas de chocolate con almendras y no hace falta que ningún filósofo me explique ya que es la felicidad. Mi cuerpo y yo, separados por unos días, volvemos a ser uno solo. Cuerpo y alma se funden en un éxtasis azucarado y mis ojos recuperan otra vez la mirada, ese color verde intenso en el que se fijaban las compañeras de clase cuando me daba el sol. Mis ojos verdes que eran pura hipnosis gratuita, como las que yo he visto hoy por París, cerca del Pompidou, donde me he venido a vivir un tiempo.

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Hambre de realidad.

“En algún momento se me ocurrió que la vida personal no tenía nada que ver con la ficción, mientras que la verdad, como todo el mundo sabe, es casi el extremo opuesto. Por si fuera poco, me rodeaban pruebas de lo contrario, aunque eligiera pasarlas por alto: de hecho, la ficción tanto publicada como inédita que me conmovía entonces (y sigue haciéndolo ahora) era precisamente aquella que cobraba brillo e innegable autenticidad por haber sido hallada y recogida, siempre a costa de algo, en niveles más profundos, más compartidos de la vida que realmente vivimos”, escribe David Shields en Hambre de realidad.

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