Hoteles literarios (I)

Están en mi cabeza. Como el amor o el olvido. Están ahí y me obsesionan. Como cualquier otra cosa en la vida o como la última noche que vemos a alguien que ya no veremos más nunca. La última noche que ella estaba respirando ahí a tu lado, en una habitación pequeña como un signo de puntuación o un micrograma de Walser. La cama de un hotel donde alguien antes que tú lloró, soñó, dio vueltas trufado de insomnio, leyó a Enzensberger o hizo el amor con una mujer o con un hombre al que ya no volvió a ver, porque justo al otro día desapareció o murió al cruzar la calle de camino a la oficina y se lo tragó la tierra.

Están en todas partes. Como si me persiguieran. Como una sombra en un página de Chandler. Están ahí, dando vueltas en la cabeza como una canción o como la voz de la abuela muerta. Y no hay paso que dé que no aparezcan. En un cuadro o en un libro.

“Cuando llegué a Tabora ya era noche cerrada. Pregunté por el hotel que me habían recomendado y me miraron con horror; un taxista me sugirió llevarme al Golden Eagle. El edificio del Golden era de pena: lo habían construido ya viejo hace unos 20 o 30 años, y aceptaba mansito su destino. El Golden tenía una docena de habitaciones alrededor de un patio; la mía eran paredes de distintos colores, el suelo de cemento, una camita triste, su tremendo candado y el techo amenazando. El ventilador tampoco andaba. La habitación costaba cuatro dólares, desayuno incluido”, escribe Martín Caparrós en ‘Lacrónica’.

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