Insectos que suenan como el cristal
Luego nunca leo lo que escribo, lo que trazo en el papel con todas las ganas del mundo, tú lo sabes, con todas mis ganas y mi medio lápiz amarillo menguante, porque por dentro me centrifugan las palabras, me arden por dentro las cosas más pequeñas, las cosas sencillas que en verdad me sobrecogen. No leo nunca luego lo que publico, que tampoco es mucho, un texto o dos de vez en cuando, porque no son demasiadas las puertas que se abren. Como no hay oportunidades me las invento, las genero a mi modo desde cero, y a pesar de eso un día creo que desapareceré, está más que claro, que un día cualquiera, cuando la tormenta interior se aleje, no escribiré ya ni siquiera una coma. Al final lo que más me interesa es leer, abrir un libro al azar en este domingo gris cemento, y leer, porque yo leo siempre al azar, abriendo libros en mitad de las cenas, de las fiestas, cuando alguien habla y habla, y no hay quien lo pare, yo voy corriendo y saco un libro, y leo en voz alta, recito, declamo despacio, inesperadamente:
“Fue la peor semana de su vida. Ya había pasado en otras ocasiones por enamoramientos físicos (aunque, sin duda, ninguno había tenido la intensidad o la carga negativa del actual), y sabía que, cuando eran imposibles o cuando no se tenía intención de hacer algo al respecto (lo mismo daba), había que aguantarse, esperar hasta el final como quien espera a que pase una fiebre”, escribe Sue Kaufman en Caída libre.
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Caída libre

Sólo hago fracasar por más ganas que le pongo. Pero no me quejo. Estoy aún vivo y con eso me basta. Con eso tengo bastante, con el aire y con las palabras bailándome por dentro, que hasta a veces me asomo a verlas, esa vida interior que de pequeña es grande. Escribo con fiebre, tendido en un sofá que vamos a vender muy pronto, porque es incómodo como la enfermedad. Escribo con fiebre y me levanto y me tiendo, siempre sobre el lado derecho, porque sobre el izquierdo está el corazón, y me da cosa echarle todo el peso, me da cosa estrujarlo mucho al pobre, mi corazón que está por dentro, y no nos vamos a ver nunca aquí fuera, los dos, frente a frente, en la ciudad neblinosa y herida, porque él lleva su vida y yo la mía, yo miro por fuera y él por dentro, y somos dos o uno, y a veces ninguno.
“Toda ciudad es una novela (lo contrario no es cierto) siempre que el novelista tenga talento especial y sepa distribuir cada volumen  edificado y sus habitantes particulares como un bloque verosímil. Luego están las Ciudades Invisibles, título de un famoso libro de Italo Calvino en el que aparecen posibles ciudades según la catalogación que Borges atribuyó a un entomólogo chino: insectos que molestan al emperador, insectos que suenan como el cristal, etcétera”, dice Félix de Azúa en Nuevas lecturas compulsivas.
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Nuevas lecturas compulsivas.

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