La maldición del verbo ser

Hace casi tres años que no tengo un trabajo como tal. Ni un horario. Ni un jefe, ni un semidios que me diga cómo tengo que pensar o cómo tengo que hablar. Ni trabajo para nadie ni nadie trabaja para mí. Soy un liberto con algunos problemas. Como. Respiro. Bailo. Leo. Duermo. Hago el amor.  Me relajo las piernas en el  bar. Ahora soy la mejor versión de mí mismo.

Hace casi tres años me salí de las cosas y nací de nuevo, o sea, que encontré la serenidad. Tengo picos de ansiedad, ráfagas de angustia moderada, pero la pena escasea. Cualquier insignificancia me apasiona y desayuno muchos lunes en mi balcón, un buen batido de frutas frente a los olivos, que no son míos, pero es lo único que tengo. Esa luz especial y cegadora que baja algunas mañanas con misterio, sobrevuela agazapada entre las ramas y rasea por el suelo, como un aeroplano de átomos suicidas.

mientrashayabares

Mientras haya bares.

“Cada día entiendo menos esa obsesión por decir “yo soy así y yo soy de aquí”. ¿Por qué hay que ser algo en concreto, y toda la vida, y vivir con gloria esa manifestación abstracta? Personalmente considero que el verbo ser constituye una maldición. La vida, decía Benjamin Constant, consiste en salir de las cosas”, dice Juan Tallón en Mientras haya bares.

Todo ahora es como tiene que ser: solitario, natural, auténtico. Un modo de sobrevivir que recomiendo. Total, la vida se esfuma, se está cayendo a trozos mientras te afanas en llegar a un sitio y a otro, en dejarte la piel en un proceso infame de acumulación. En esta casa semivacía resisto. Tengo libros que nunca he leído pero están ahí esperándome. Un coche de segunda mano que me lleva a sitios tan bellos que serían propios para un suicidio en masa. Resisto con los ahorros de un niño y escribo poco, casi nada, sin disciplina,  en algún papel de vez en cuando o en un trozo de pared que me encuentro cuando menos me lo espero.

elartedeperder

El arte de perder.

“He estado escribiendo en cama con tuberculosis al cuidado de médicos enfermeras desde que llegué al oeste. Ober decidió no respaldarme aunque le devolví cada centavo y ocho mil de comisiones. El viernes volveré a trabajar al estudio por mil quinientos por semana. ¿Puedes prestarme seiscientos por una semana por giro al Bank of America Culver City? Estoy totalmente sin blanca”, escribe Scott en una carta recogida en El arte de perder.

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