La nostalgia merece la pena

Hago mi lista de demonios. Paso la mopa. Tiendo la ropa. Arreglo la casa. Lo pongo todo en orden como si tuviera esta noche una cena. Pero aquí no viene nadie y me quedo siempre solo, me duermo junto a la chimenea con un vaso de vino mientras la noche se pone íntima y una tormenta la atraviesa con punzones afilados. Esta soledad es agradable, del tipo de cosas que no se comparten. Me recuerda a la del viejo Bergman en la Isla de Faro, un epílogo de paseos, escritura, lectura, cine y chimenea. Nadie es más feliz que yo en esa duermevela de vino y poema, de poema que recito con voz áspera de uva vieja, de cuerdas vocales afónicas de fracaso, de hombre semirroto.

caidalibre

Caída libre.

“Ahora, con el libro abierto en las manos frías, leyó deprisa el poema una vez, luego regresó al primer verso y volvió a empezar, leyendo más lentamente, poco a poco. Pero mientras sus ojos lo recorrían, las palabras perdieron sentido, la letra impresa se redujo a un borrón. Y al cabo Emma retiró las manos polvorientas de las páginas, se tapó los ojos y rompió a llorar en silencio”, escribe Sue Kaufman en Caída libre.

Leo despacio varios libros a la vez. De uno paso a otro y me olvido cómo cruje el mundo justo ahí afuera. Por esta soledad, eso de vivir merece la pena. Esta melancolía, esta nostalgia que me cruza la cara y me deja seco, esta melancolía feroz de tarde de duelo, de tarde de escribir papelillos finos en el baño de un falso manicomio, como un antihéroe, como Walser, como Pessoa, papelillos finos, microgramas de baúl frente a la locura, frente a la guerra de estar solo, frente al horror y al lodo seco del tiempo.

elultimopistolero

El último pistolero.

“La nostalgia merece la pena; alguien llegó a contarla entre los derechos humanos. Sin embargo, Joaquín Sabina la clava cuando canta: “No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió”. Podemos alardear de todo, excepto de libertad de opinión y de la melancolía por ello. Lo bueno de los españoles es que no tienen por qué sentir nostalgia de su pasado”, dice Raúl del Pozo en El último pistolero.

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