La sombra de un murciélago

 

Me mantienen en pie los libros. Un par de canciones. El mar cuando está indomable y arriesga todo su azul en las olas. Me sostiene lo simple. Lo pequeño. La letra pequeña. Esos atardeceres largos como de aguantar la respiración bajo el agua. El hombro dorado del verano. El secreto que habita en el corazón de las cosas. En el silencio alarmante de las cosas. Lo que desaparece y deja su rastro navegando de espuma mis ojos. La imperceptible sombra de un murciélago.

“Entre la almohada y la parte del muro oscurecida por la impúdica sombra del murciélago, quedaba un neutro espacio vacío, un reducto de obcecada mansedumbre donde parecía neutralizarse el cumplimiento del veredicto. En el espejo medianero, salpicado de sanguinolentos roces de alas, un punto de luz fulgía como la sinopsis de turbación del ojo culpable”, escribe Caballero Bonald en Anatomía poética.

Me mantiene vivo una frase  -“Patria es cualquier lugar donde te encuentres bien” (Cicerón)- y luego otras: “Si quieres estimular tu escritura, diviértete sin palabras. En lugar de ir al teatro, escucha el concierto de una orquesta sinfónica, o visita un museo a solas; da paseos largos por tu cuenta, o móntate solo en un autobús” (Dorothea Brande, en Para ser escritor). Me mantiene en pie estos rectángulos de papel, esta fiesta de la palabra callada, escrita, este brillo del lenguaje y su sorpresa, este ser otro sin ninguna prisa.

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