Las madres, por Virginia Galvín

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Me gustan las madres que no olvidan su yo camino de la cuna. Las mujeres que entienden que un hijo no es una propiedad privada e inalienable. Me gustan las madres imperfectas que se olvidan de llevar la merienda al colegio y corren a comprar pan con chocolate a la pastelería. Las madres que hacen callar a los niños cuando interrumpen a los mayores y les obligan a decir buenos días al conductor del autobús. Esas madres que no piensan si estarán traumatizando a su niño por marcar un ok en la casilla de la excursión a una granja donde decapitan pollos. Las madres que permiten que el silencio se instale en el salón, al menos por un rato, y que se encierran en el cuarto a amar a sus parejas dejando entretenidos a los niños con una película ligeramente inadecuada en la cocina.
Soy una mala madre y lo confieso. A las ocho obligo a las Chukis a cenar. Cuando eran pequeñas las llevaba al parque maldiciendo en latín porque allí estarían otras madres hablando de jarabes, comiditas y percentiles…
Soy una madre detestable que arrastra cada domingo a sus hijas a un museo y compra su voluntad endeble con una coca cola y un plato de patatas. Pienso que mi pasión puede ser su pasión, como la petarda del autobús piensa que Disney es la biblia de la intelectualidad. Como me gusta dormir la siesta los domingos obligo a que ellas también lo hagan o en su defecto, les impido entrar al salón y molestarme. A veces las llevo a ver una película detestable, y para ahondar más en la trama como un pozal de chucherías como para provocar un coma a un ejercito de diabéticos. Pero el resto del tiempo les prohíbo el regaliz y las nubes rosas.
Soy poco constante, incoherente, visceral y dramática. Como madre deberían retirarme el carné. Pero hace años que abandoné la gomina, señor juez, y cuando viajo en autobús solo aspiro a que mi hija, que se sienta en la otra punta porque quiere ser mayor, se acerque y me bese fuerte con su cuerpo calentito. Y, si hay suerte, me regale otra mirada de amor justo antes de emprender al galope la carrera hacia la puerta del colegio.

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