Leer como se come

Los libros están para leerlos, para tocarlos, para usarlos. Los libros están para mancharlos. De tinta. De cerveza. De whisky. De aceite. De huevo. Leer mientras se bebe, mientras se desayuna, mientras se come. El libro en una mano y la tostada en otra, el libro de Chandler en una mano y el tenedor en otra, la ficción en una mano y la vida en otra. Leer y comer. Leer y beber como el que no quiere la cosa. Los libros que se leen mientras se come, porque no hay tiempo a otra hora, porque no hay tiempo que perder. Comer como se lee, leer como se come. Vivir para leer.

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Fuera de carta.

“En mayor o menor medida según cada caso, la gastronomía en las obras de género criminal supone una suerte de redención particular del personaje. Cada plato le proporciona un cierto sentimiento de refugio ante ese universo complejo y virulento en el que se mueve, a veces por elección, a veces por imposición del destino. Las diferencias en este sentido entre la novela negra del sur de Europa frente a la estadounidense y de Europa del norte son evidentes. Los detectives tradicionales como Sam Spade o Philip Marlowe, creados por Dashiell Hammett y Raymond Chandler, a penas comen en las novelas; en todo caso engullen rápidamente algún bocadillo, y parecen sobrevivir con grandes dosis de cerveza y especialmente de whisky”, escriben Rodrigo Varona y Javier Márquez en Fuera de carta.

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Caída libre.

Hay libros en los que se come mucho, en los que se bebe mucho. Hay libros en los que la trama se desata comiendo, bebiendo. Los personajes quedan en el salón, en la cocina, en el restaurante, en el bar. ¡Los personajes sí que saben! Toman su vermú a principios del libro. Y luego, unos hojas después, quedan para comer, para cenar, quedan para seguir adelante, como en Caída libre, de Sue Kaufman, donde también se come:

“Cuando empezaba a distribuir las tarjetas sobre la mesa oyó la voz de María, que llegaba desde la cocina:

– Sigo sin entender. ¿Qué son esos pedacitos asados?

– Trozos de piel de panceta seca -contestó Benjy, no Cora.

– Nunca en mi vida he visto nada parecido. Jamás he visto que la gente comiera así, y nunca en esta casa -dijo María delante del fregadero, mientras Emma entraba deprisa en la cocina. Cora estaba sentada en la mesa, poniendo cuidadosamente con una cuchara queso fundido sobre unas tostaditas.”

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