Los Fitzgerald

Ahora como mejor escribo es con los pies. Una idea y otra. Una línea y otra. Sí, ahora con los pies soy imparable. Algo más que un don nadie de la literatura.

Yo es otro, que diría Rimbaud, cuando escribo con los pies. Cuando en la cinta del gimnasio, a cinco coma cinco kilómetros por hora y una pendiente del cuatro por ciento, voy sintiendo como me cruje el rizoma deleuzeano en las rodillas y voy conectando mundos y submundos en silencio, me voy adentrando en una cueva, en una madriguera de interconexiones literarias infinitas que se disparan en cualquier dirección.

Estaba ayer escribiendo en blanco con los pies cuando caí en la cuenta de cómo, durante toda mi vida, me había perseguido por todas partes el apellido Fitzgerald. Cómo ese apellido había estado siempre muy presente desde mi infancia, cuando el compañero Rubén Evaristo cogía una tiza, entre clase y clase, y escribía entero el nombre del presidente Kennedy: John Fitzgerald Kennedy. Y ya no es solo eso sino que siempre, cuando visitaba Londres a mi abuelo paterno, lo encontraba yo escuchando a una tal Ella Fitzgerald, que siempre he confundido con Billie Holiday, hasta que Antonio Lucas, en Vidas de Santos, me sacó del error.

Y por si esto fuera poco, el primer libro que leí en mi vida fue ‘El Gran Gatsby’, de Scott Fitzgerald, que ahora he ido completando con las deliciosas cartas copiladas en ‘El arte de perder’: “Me escabullo como un ladrón sin dejar los capítulos. Me llevará una semana de trabajo corregirlos y, con el lío de la gripe y la partida, no he podido hacerlo”, le escribe Scott a Max, el 1 de marzo de 1929.

En verdad, lo diré aquí por última vez, en mi vida no he sido otra cosa que explorador de Fitzgeralds, y tengo justo 327 cuadernos piglianos con historias de Fitzgeralds, familias enteras conectadas por un filo hilo humano del que solo hay que tirar un poco para modificar su estado. Sí, mi vida ha sido un permanente rastreo de Fitzgeralds. El último que he encontrado ha sido Simon Fitzgerald, fundador, en el siglo XVII, del convento de la orden de Santa María de Belén, un espacio religioso que ya no existe, porque en su lugar está la estación de Liverpool Street, en Londres, es decir, en su lugar está el bullicio, el ajetreo, la batahola, el rugido cotidiano, el extravío, el ruido de la calle, que es siempre lo contrario al silencio de un convento, al silencio que acompañó siempre a Austerlitz, el mítico personaje de Sebald.

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