Macallan
Cuando pequeño creía que la voz que escuchaba por dentro era la de Dios. ¿Quién está por ahí?, me preguntaba cuando sentía subir la voz de peregrinaje hacia el cerebro. Como no había Google y me daba vergüenza preguntarlo, viví los primeros años de mi vida aterrado, con una doble voz, la que escuchaba por fuera y la que subía y bajaba por dentro. Ahora, con los años, cuando me quedo tranquilo en mi apartamento de Liverpool Street y me sirvo un Macallan para alegrarme el domingo británico, sonrío al recordar cómo corría al escuchar aquella voz, como intentaba escapar de mí mismo, arrancarme la voz por dentro para siempre, a toda costa.
“En otro bar de Groenlandia, una noche, vi una botella de whisky Macallan y traté de telefonear a Paul Auster, gran consumidor de Macallan, a NYC, pero mi phone, entonces, no era lo suficientemente smart como para establecer ese tipo de comunicaciones en geografías extremas”, dice Antón Reixa en Michigan, acaso Michigan.
Ahora, entre Macallan y Macallan, escucho voces, como creo que le pasaba a Virginia Wolf antes de meterse río adentro llenita de piedras. Es difícil no echarse un trago antes de dormir tras ver uno un rato la tele, un telediario cualquiera, y aterrarse escuchando todas esas voces políticas cruzadas, escuchando las grabaciones en Génova no sé que número, en pleno verano, en plena canícula de 2009. Me emborracho de Macallan y de voces, y caigo en la cama redondo, aguardando la resaca, el discurso del lunes, del tiempo, del idiota, empezando la semana hecho pedazos.
mientrashayabares

Mientra haya bares.

“Había bebido algo, para justificar la resaca a perpetuidad del día siguiente, supongo. Y quién no bebe, tal y como andan las cosas. No están los tiempos para poner la felicidad en peligro. Un hombre inteligente, sostenía Hemingway, a veces tiene que emborracharse para poder pasar el tiempo con idiotas, en clara referencia a gente como yo y mis amigos, los típicos idiotas”, escribe Juan Tallón en Mientras haya bares.
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