Madurez viril

Mido 1,80 como Hemingway. Y escribo de pie y tengo un cuaderno, un cuaderno del color de la vida, que ya dijo Lorca que “no es noble, ni buena, ni sagrada”. Escribo de pie como Hemingway o Virginia Wolf, aunque me gustaría escribir como Voltaire, que lo hacía sobre la espalda desnuda de su amante. Pero esas amantes pacientes y tranquilas ya no existen, las amantes de hoy tienen prisa, te besan rápido y se escapan, como neuróticas, por el perfil que dibuja la arboleda de la tarde.

“Te escribo para contarte sobre un joven llamado Ernest Hemingway, un americano que vive en París, escribe para la Transatlantic Review y tiene un futuro brillante. Ezra Pound le publicó una colección de relatos breves en París, en una editorial como The Egoist Press. No tengo el libro aquí, pero es notable y en tu lugar lo buscaría de inmediato. Es un verdadero escritor”, le escribe a Maxwell Perkins Scott Fitzgerald un 10 de octubre de 1924, en una de las cartas recogidas en El arte de perder.

De Scott dijo Hemingway que saltó de la juventud a la vejez sin atravesar la “madurez viril”, o eso nos recuerda Gistau en su prólogo del nuevo libro de Javier Aznar que lleva por título ¿Dónde vamos a bailar esta noche?. Y ahora mismo lo dejo todo aquí porque ya saben que escribo bajo el influjo de la luna y la teoría del iceberg, o sea, escribo omitiendo ciertas partes del artículo para darle fuerza a la historia, escribo ocultando siete octavas partes debajo del agua y dejo solo ver la punta, la punta del iceberg. Y en ese plan…

Puedes adquirir El arte de perder y ¿Dónde vamos a bailar esta noche?:

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