Magnetismo sexual

Sé que esta es mi casa por Ava Gardner. Su media sonrisa. Su melena precipitándose al vacío por la cordillera de huesos salidos de la espalda. La fotografía de Ava es vertical, en blanco y negro, con ciertos brillos de color albaricoque. Cuando hace calor y la luz se derrama por la casa como una botella de Smirnoff, miro la pared y allí está Ava, quieta, silenciosa como una embajada, y siento por dentro que en la vida es bien fácil extraviarse. “Don´t think, drink”, me digo una y otra vez con el bourbon entre las manos como si fuera Cheever, mientras pego mis ojos a sus ojos por ver si se mueven. “Es una estrella, tiene eso que tienen que tener las divas: magnetismo sexual. Sinatra se sentía tan atraído por el hechizo de Ava. “Era como si me hubieran echado algo en la bebida”, escribe Raúl del Pozo, en su nuevo libro El último pistolero.

Ava necesitaba el alcohol como Frank Sinatra la necesitaba a ella. En la Venta de Manolo Manzanilla, en Madrid, Ava se soltaba aquel pelo, que era muy negro como el corazón de un asesino, y se subía a una mesa, se bajaba las bragas y meaba. “Hasta meando sobre una mesa tiene clase”, decía Orson Welles o tal vez era Dominguín.

¿Qué rara es la vida, verdad? Un día estás ahí, brillando como una afirmación o como el hombro dorado de una universitaria, estás justo ahí, nadando sobre las olas de plata y seda, y de pronto llega el apagón. Y te quedas varado en una foto o en el recuerdo de la cabeza de alguien, al menos mientras esa cabeza funciona y no se deshace. ¡Oh Ava! Mientras haya alcohol estaremos rezando por ti. Y por las pantorrillas de Marilyn. Estaremos aquí en el sur, apagándonos todos, con el mar y la cama cerca, la botella de vino de Ronda en una mano y un libro de Salter en la otra,  así, casi sin nada, descalzos como Faulkner,  y como Faulkner jamás iremos con nadie a cenar.

“Durante la presidencia de John Kennedy este invitó a William Faulkner a una cena privada en la Casa Blanca. En esos años, los presidentes de los Estados Unidos ya se creían figuras más relevantes que los escritores, incluso que los gánsters. Faulkner rechazó la llamada del presidente, como haría si se lo hubiese pedido su madre. Nunca viajaba hasta tan lejos para cenar con un extraño. A vuelta de correo, contestó cortésmente al presidente que “yo no soy más que un granjero y no tengo ropa apropiada para ese evento. Ahora bien, si usted tiene algún interés en cenar conmigo, con mucho gusto le invito a mi casa de Rowan Oak, en Oxford, Mississippi”, asegura Juan Tallón en Mientras haya bares.

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