Manchas de alcohol

 

Nunca dejes pasar la oportunidad de beber. De beber demasiado. “Siempre se bebe demasiado…”, decía Francis Bacon, al que le encantaba el vino. “Sí, me gusta beber. Vino. He bebido toda clase de vinos en mi vida”. En el vino siempre está la verdad flotando boca arriba. La lengua se suelta y lo hermético se hace visible. Lo callado cobra vida. Sube del desierto de la nada a la mesa. Y despierta a quien ya no escucha. A quien tiene la mente puesta en el sueño. En la ficción y la epifanía onírica… La verdad de un desconocido que detiene el tiempo en la superficie oscura del vino. En la piscina de alcohol y recuerdos que se agazapan en el espejo vidrioso de cada copa.

Pero lo que yo bebo son cervezas. Frías como una tarde en Quebec. Bebo y me imagino que de entre su espuma va a salir de un momento a otro alguien. Por ejemplo, una rubia con los labios semiabiertos a lo Brigitte Bardot. Pido una cerveza. Y luego otra. Pero me quedo lejos de las 30 diarias que se bebía Scott Fitzgerald. “El alcohol aumenta la sensibilidad. Cuando bebo, eso realza mis emociones, y las meto en un relato”, escribía.

No soy nunca tan feliz como cuando vuelvo a casa desde el bar con una mancha de alcohol. Una pincelada de cerveza, ron o vino en la camisa. Un buen lamparón pidiendo socorro y detergente en la pernera del pantalón, entre el fémur y la rodilla. Una mancha como la que uno se encuentra de repente en un libro de segunda mano. Una mancha que delata que antes de un lector hubo otro que ya leía. Y que incluso bebía. Que bebía con euforia como si no hubiera mañana.

En casa, sentado viendo como se descompone en silencio la tele, me he fijado en la hermosa mancha circular que hay en el nuevo libro de Tallón, que ha titulado Mientras haya bares… Y lo he abierto al azar, por imitar a Vila-Matas y por poder seguir escribiendo esto. Allí he leído: “Llegada esa hora en la que abandonas en la barra el último vaso, solo hay dos clases de individuos. De un lado están los fulanos que liquidan la noche cuando entran en casa, lentamente se arrastran hasta el dormitorio y mueren sobre la cama, como elefantes. Eso es todo. No creen que haya nada importante después del último trago. Solo desean que el día acabe, enfrentar la resaca como samuráis, y esperar que pase pronto la semana, hasta el viernes. No tengo nada contra ellos. Muchísimas noches, de hecho, soy uno de esos, alguien en busca de una muerte rápida y reparadora. Cerca pero muy lejos, están aquellos otros que después de una noche durísima, borrachos y arrastrados por el desierto que abre el whisky, libran la ofensiva final en la cocina”.

Luego me he visto corriendo hacia la cocina. Con la camisa abierta y el libro de Tallón en la mano. Me he visto corriendo por el piso. De madrugada. En el silencio interrumpido por una cisterna vecina. Me he visto abrazado a una botella como a un bote salvavidas. A una botella de whisky escocés. Yo que nunca bebo whisky. Hasta ahora.

 

Más detalles sobre el nuevo libro de Tallón;

 http://circulodetiza.es/autores-2/juan-tallon/

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