Me acordé de ti como de una canción

Sonaba en el bar Térez Montcalm y yo me acordé de ti como de una canción, me acordé de tus ojos gris pizarra y de tu voz excavando huecos en la última tarde de agosto. El terral como un gigante dejándolo todo arenoso. La toalla y los labios como cordilleras sin oxígeno. El pelo ardiendo. Los hombros dorados. Los dedos amarillos Van Gogh. El sol emboscado. Nos movíamos lentos y pesados como elefantes. De aquí para allá haciendo equilibrios por el mapa de nuestro último verano. Éramos felices pero ¿quién lo sabía?

Ahora solo me mantengo en pie algunas veces. Y me voy inmolando suspiro a suspiro, me voy deshilachando de tarde en tarde y me deshago cuando sin querer te veo por ahí saltando, riendo con otro, besando a otro. Cuando parece, mirando hacia fuera, que todo es lo mismo, la misma locura detenida, el mismo ruido desgranándose en el cementerio del tiempo. Y me acuerdo de Carles Casagemas, aquel pintor y escritor catalán, amigo de Picasso, que por despecho se voló la sien con veinte años: “Picasso estaba en Madrid. No fue ni al entierro ni al funeral en Barcelona. Pero a modo de responso dejó una frase que luego sus palmeros acuñaron en mármol. “Fue la muerte de Casagemas lo que me llevó a pintar en azul”, escribe Antonio Lucas en ‘Vidas de Santos’.

No pienso por ahora en el suicidio. Pero no ha de descartarse nada. El control se pierde. La cordura. La mesura. Y la vida sigue sin ti. Sin mí. Porque no sabe ni siquiera quiénes somos. Quienes íbamos a ser y ya no seremos.

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