Me acordé de Scott y de Grace

Vi Quarry. Vi cómo Quarry bebía y bebía whisky, cómo bebía bourbon sin parar y me acordé de Zelda y Scott cuando se achispaban de alcohol y se creían felices, cuando la vida si dolía, todavía no dolía tanto. Me acordé de Scott Fitzgerald poniendo excusas: “Lamento haber tardado tanto; no tengo ninguna excusa, salvo el alcohol, y, por supuesto, esa no lo es. Pero prometí terminar el artículo de viajes y gracias a Dios está listo”, le dice en una carta a Maxwell Perkins, firmada el 20 de junio de 1922.

Quarry acaba de volver de Vietnam. Acaba de regresar a Memphis de ese manicomio de sangre y locura que es siempre la guerra. Y al ver de dónde regresaba Quarry, también pensé en Grace. En Grace Paley. “En 1969 fui a Vietnam y pasé un mes con Jimmy y otros compañeros viajando desde Hanói hacia el sur, hasta la zona desmilitarizada. Nuestra misión era bastante peculiar: traer de vuelta a Estados Unidos a tres prisioneros de guerra. En plena guerra. Los vietnamitas habían accedido a devolver tres prisioneros de guerra cada uno a dos meses”, dice en ‘La importancia de no entenderlo todo’.

Grace, con su pelo blanco como la tiza. Grace, estilo espontáneo, aguerrido. Grace, madre activista, dura, pertinaz, incansable. Grace, Grace, Grace…

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