Me pregunto cosas

A veces me obligo a asombrarme, a helarme el corazón por dentro. Salgo a la calle y me pongo a mirar las cosas como si las estrenara, como si viera un árbol y oliera sus partículas y el aroma de la vida por primera vez. Me agiganta andar despacio por la angulosa extrañeza del mundo, que para Adorno es uno de los factores del arte. No se me olvida a mí demorarme mirando un rato las cosas, acariciarlas con los ojos, ahora que vivimos solos, sin distancias, ahora que vivimos sin hablarnos, cada uno habitando en el foso de hielo de su propio sótano. Salgo y miro a la gente, y los ojos de la gente son ya digitales, porque lo analógico ha muerto, y nadie te mira como antes, cuando entre dos miradas se encendía una cueva de luz, una esperanza a la que abrazarse. Vuelvo a ninguna parte y escribo para no estar del todo triste, en el laberinto de un domingo fugaz como un cometa.

“A veces, cuando vuelvo a casa después de todas esas excursiones, me pregunto cosas. Me pregunto cómo se escribe sobre alguien que, tan sólo vendiendo sus camisas, podría pagar la vida de familias que sólo son dueñas del aire que respiran. Me pregunto cómo se escribe sobre alguien que trae, cada año, a diez amiguitos desde Europa todo pago para la fiesta de cumpleaños de su hijo menor”, dice Leila Guerriero en Zona de obras.

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Zona de obras.

De la gente que he visto en la calle juego a inventarme luego sus vidas. Anoto sus rasgos y le invento parientes, amigos, familia. Otra ciudad. Otros trayectos vitales. Escribo sobre ellos algún que otro relato y me creo a veces John Cheever. Me creo que soy un nadador que va de piscina en piscina por el barrio, piscina llenas y vacías, demorándome, asombrándome, nadando por las piscinas casi desnudo entre vecinos que chapotean, nadando mientras postergo mi llegada, el paso por la línea de meta de mi secreto vacío.

Contar es escuchar.

“En las historias que escribo, la gente me resulta cercana y misteriosa, como los parientes o los amigos o enemigos. Las personas entran y salen de mi mente. Las he creado, las he inventado, pero tengo que sopesar sus motivos y tratar de comprender sus destinos. Adquieren una realidad propia distinta a la mía, y cuanto más lo hacen menos puedo o deseo yo controlar sus actos o palabras”, señala Úrsula K. Le Guin, en Contar es escuchar.

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Fotografía: Omar Galliani.

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