Morir es imposible, casi imposible

Amanezco feliz. Como si hubiera dedicado el sueño a libar latas de endorfinas. En la cama y en la ducha uno cree que el mundo es perfecto, pacífico, dulce, vivible. Me levanto y veo la silueta de mi cuerpo en el colchón. Debo perder unos kilos, pienso, mientras camino hacia el living desordenado, cargado de partículas invisibles, motas de polvo flotantes, aire cuántico de la mañana irrepetible y cada vez más calurosa. “Lo invisible es imposible no verlo”, recuerdo que decía Magritte. De pronto, me ataca el pasado como en una guerra.  Y se me viene a esa parte del cerebro donde crecen los recuerdos toda mi infancia de golpe. Se me viene a la cabeza de pronto aquella piscina enterrada de arena, la piscina rectangular sepultada en la esquina del colegio, que sellaron muchos años antes, cuando se ahogó un niño.

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Palos de ciego.

“El pasado es una mina abandonada. Hay historias de infancia que yacen sepultadas bajo los escombros de la memoria, miedos estratificados en una pizarra emborronada de tiza, en los escalones de la entrada al colegio; sentimientos de culpa sin progenitores ni origen; ancianas y raídas vergüenzas que prescribieron hace décadas; agravios remotos que brillan todavía en el espesor de ciertas galerías subterráneas, en las vetas inalterables del odio y la ira”, escribe David Torres, en Palos de ciego.

Exprimo varias naranjas. Me relaja girar medias naranjas sobre un exprimidor analógico. Exprimir fruta es una buena forma de empezar el día. Exprimir la primavera sobre este artilugio azul, de pico romo que no daña, plástico que ensuciará el mundo el día ese en el que ya no esté y alguien venda esta casa, tire lo usado, queme mi ropa en la chimenea del campo, regalen mis libros o los acarreen despacio hacia un contenedor. ¿Qué horror no? No me duele tanto morirme un día como que no pueda uno llevarse a alguna parte estos libros. Sería maravilloso poder llevar uno siempre en los bolsillos una biblioteca portátil, una representación de su biblioteca y enseñarla a la gente en los trenes, en el trayecto de siete horas entre Praga y Budapest, una biblioteca portátil al estilo Duchamp.

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El último pistolero.

“Cuando Aquiles, que es un hipocondriaco radical, se baña en invierno en las aguas del Cantábrico, Fuster le dice: “Eso no es bueno, puedes coger un catarro. Bebe vino y no tengas miedo a morir, que morir es muy difícil, morir es imposible, casi imposible”, dice Raúl del Pozo en El último pistolero.

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