Nación zombi

Incluso existe una hora en que la vida parece otra. Es la hora del recuento. Un coche cada cien minutos. Una persona cada doscientos dos. Una voz sola hablando por dentro. En 2017 he salido cincuenta y cuatro veces de mi casa. Tres en enero. Nueve en febrero. Siete en marzo y siete en abril. Cuatro en mayo. Cuatro en junio. Doce en julio. Cinco en agosto. Tres en septiembre. Mientras menos salgo mejor me noto. Más en forma. Es un alivio llegar a tener un espacio propio de acceso restringido, impermeable a órdenes, repeticiones, restricciones, convenciones, horarios, asfixias y números de teléfonos. Levantarme cuando anochece y dormirme cuando amanece con los labios mojados en dry Martini, como Manuel Alcántara. Y leer cien o doscientos libros como mucho más. Y escribir muy poco. Y publicar muy poco. Y cerrar las redes y callarme. Ser una momia de luna y terraza, un hijo sin hijo propio.

La vida en cinco minutos.

“Ayer, mientras mi peluquera María hacía de las suyas con mi rubio, J y yo cruzábamos confidencias escritas por teléfono. Me confesó su decisión “muy meditada” de no tener hijos, justo después de contarme que había madrugado para ir a ver jugar a su sobrino un partido de fútbol. Me pareció valiente, se lo dije. No conozco a tantas personas que desafíen a conciencia las convenciones sociales, familiares y vitales si exceptuamos los que huyen”, dice Virginia Galvín en La vida en cinco minutos.

americamovil

América.

He salido poco más de veinte veces de casa este verano y he visto de qué sólida materia sigue hecho el mundo: pantalones cortos, bikinis, trikinis, parchís y cartas, toallas, autobuses llenos, tranvías llenos, humo de sardinas, terral, olvido, fuego…He salido y he vuelto, y he sentido el alivio ese de regresar a casa, de pasear por ella, de quedarme quieto junto a la ventana, viendo como temblaba el mundo ahí fuera, como todo era extremo e inútil ahí en la última calle. “La casa es el fundamento moral de la vida. No la calle. Pero la suma de casas no contribuye a la creación de la ciudad. Como la suma de zombis no consigue crear la nación zombi. No hay ciudad, hay casas donde la gente vive escondida. Gigantescas casas donde se rinde culto a la soledad”, asegura Manuel Vilas en América.

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