No es seguro volver con vida 

 

Hasta tres manuscritos inacabados tengo en el congelador. Los dejo allí que reposen, un mes o un año entero, que cojan su frío, su color, su textura, su cosa. Los guardo allí en bolsas azules como la noche y ese pequeño descanso, ese olvido adrede, le vienen de lujo a las historias. El congelador es el mejor sitio que conozco para guardar lo que uno escribe, por encima incluso del cajón, porque los cajones los vamos llenando de cosas que no sirven. Cuando escribo y no sé cómo continuar, doblo el texto, lo meto en la bolsa y lo dejo ahí, quieto, muy quieto, ardiendo de frío, entre la oscuridad de esas paredes de hielo antártico, junto a la bebida y la hamburguesa congelada de kobe.

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Mientras haya bares.

“El viaje de la bebida resulta siempre menos complaciente que la experiencia grata que diseña un chef con un plato de comida. Pero lo emprendes, porque a veces es difícil privarse de un tormento. Me recuerda a las viejas expediciones, suicidas y emocionantes, en la que se compadreaba con la muerte, como la que organizó Ernest Shackleton en 1914. Necesitaba hombres de una estirpe especial para una travesía por la Antártida, dispuestos a flirtear con el abismo. Eso lo obligó a publicar en la prensa británica un inolvidable anuncio: “Se buscan hombres para un viaje peligroso. Sueldo bajo. Frío extremo. Largos meses de oscuridad absoluta. Peligro constante. No es seguro volver con vida. Honor y reconocimiento en caso de éxito”, escribe Juan Tallón en Mientras haya bares.

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Hambre de realidad.

El tiempo, dice Joan Didion, es el fuego en el que nos quemamos, y no veo yo mejor forma para que lo que escribo no arda, que dejarlo enfriar en el congelador, criogenizarlo a su manera, para traerlo un día a mejor vida. Si quiero escribir algo serio, algo que un día merezca la pena, tengo que estar dispuesto a romper las formas, dejar que respire la materia prima. “Es un lugar común que cada libro necesita encontrar su propia forma, pero ¿cuántos lo logran?”, se preguntaba O’Brien, tal y como recoge David Shields en su manifiesto Hambre de realidad, donde también leemos: “Lo que de veras ocurrió es solo la materia prima; lo importante es lo que el escritor hace con lo que ocurrió”.

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