No soy de nadie

 

Vivir parece un verbo seguro cuando sigues en la cama. Cuando estás ahí, oyendo la lluvia y la intensidad de la mañana que se acelera, que se agiganta de rutina como un cíclope. Esta mañana me veo como Onetti, que gobernaba la literatura desde una cama faulkneriana. Me reclino como un romano y hago como que el mundo no va conmigo. Como que no me interesa demasiado.

La autovía que se ve desde la cama tiene la forma de un carril de scalextric. Parece, en la distancia, que los vehículos estuvieran pegados por una especie de escobilla eléctrica al suelo. Pasan unos detrás de otros, sin descanso. Por el mismo lugar. Como si alguien, desde otra parte, desde otra dimensión, estuviera con un aparato moviéndolos, un aparato que diera cuerda el capitalismo de los países e hiciera infeliz la vida de la gente…¿Cuándo fue que me salí de todo eso? ¿De ir por el carril principal del scalextric? ¿Cuándo fue que antepuse la libertad a la seguridad? ¿De dónde me vino ese relámpago de valentía?

Seguir en la cama te evita rechazos. Antipatías. Furias incontroladas. ¿Qué puede pasarme por seguir aquí? ¿Por seguir en pijama huyendo del mundo? Escucho ahora la voz tranquila de Cécil McLorin. Ese jazz sin el que no podría mover un solo músculo. Hacer un simple movimiento con un ojo o una mano. Aquí, desde la zona templada de la cama, de este universo de círculos concéntricos de sábanas revueltas de insomnio, me siento como la artista alemana Elsa von Freytag, de la que dijo Marcel Duchamp: “La baronesa no es futurista: es el futuro”. Sí, me siento Von Freytag, que usaba su cuerpo “como superficie artística y su sexualidad como arma revolucionaria”, como señala Antonio Lucas en ‘Vidas de Santos’.

Creo que mi futuro pasa hoy por esta cama. Porque aquí siento bien fuerte que “no soy de nadie”, que repetía Elsa, que no tengo ni jefes ni dioses, y que vivo siempre como un pobre teniendo mucho dinero (Picasso), aunque en mi caso solo pobre y feliz, como si la cama estuviera en París y no en un pueblo al sur del mar, con un cielo manchado de nubes de incienso.

 

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