Palitos de cangrejo

Los vecinos de arriba se dejaron este finde el gato en el balcón. Y hemos terminado el domingo llorando con él, con ese minino de ojos amarillos como el cielo de Macondo. Más de dos días escuchando sus quejidos camaronianos de soledad que nos han partido en varios trozos pequeños lo que nos restaba de corazón, que a estas alturas ya no es mucho, solo un pedacito de órgano sanguinolento que cabe en media mano. Llamé a policía local y a bomberos pero me dijeron que no podían intervenir: era un asunto demasiado privado. “¡Si estuviera el gato en un árbol sería otra cosa!”, me dijeron. ¡Para un vez que llamo!

lavidaen5minutos

La vida en cinco minutos.

Intenté, por si era hambre, echarle desde la ventana del dormitorio un palito de cangrejo pero no atiné y el trozo de pescadito de vetas naranjas cayó al vacío, a los pies de un hombre que hacía carrera. Debe ser extraño ir pensando en tus problemas y de pronto ver caer junto a tus pies un palito de cangrejo. En la historia de las cosas que han caído desde arriba -condones rotos, zapatos nuevos, biblias usadas, llaves inglesas…- seguro que es la primera vez que cae un palito de cangrejo, con su verticalidad descongelada, deforme, blanda como el epicentro de una goma.

Inferior.

“Salgo a correr cada día con el mismo miedo de antaño: encontrarme a un perro en el camino. Un perro suelto, sin amo a la redonda. Mi peor pesadilla es encararlo en una carretera angosta y sin salida. El perro es el temor que resume todos los terrores de mi infancia y cuando voy acompañada y aparece uno me agarro a brazo ajeno y escondo mi cuerpo entre mis tripas (…). También me dan pánicos los gatos. Dos amigas del mismo nombre tenían sendas felinas que me odiaban. Según entraba en sus casas arqueaban el lomo como si yo fuera un vampiro”, escribe Virginia Galvín en La vida en cinco minutos.

La maldad empieza en gestos simples. Cuando un viernes cualquiera por la noche dejas a tu gato solo en la terraza, llorando, tu gato negro con los ojos llameantes como una tarde en Comala. Primero dejas al gato y luego vas olvidándote de recoger a tus dos hijas al colegio. Olvidas sus cumpleaños. Olvidas el amor, la ternura. Te vas haciendo abominable sin darte cuenta. Un monstruo grande. Y todo empieza así, dejando a tu gato un finde solo, como el que deja la lavadora puesta. Un gato objeto, maldita sea, allí encima de mi cabeza, en la terraza. Y yo, todo el finde, leyendo a Angela Saini con el gato de fondo o la gata. Sacando la cabeza. Lanzándole palitos. Cubos de agua para refrescarla. Lánzadole señales de amor para que no cerrara los ojos y saltara.

“Lo que tienen en común las especies en las que las hembras son especialmente vulnerable a la violencia de los machos es que las hembras están solas. Una hembra de orangután, por ejemplo, se desplaza sola con su pequeño la mayor parte del tiempo. Según Bárbara Smuts, las hembras de chimpancés pasan solas, lejos de otros adultos, tres cuartas partes de su tiempo”, dice Angela Saini en Inferior.

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