Un picahielos en el almanaque de su tristeza

A veces nos quedamos muy solos, de noche y de día, nos quedamos en la casa muy solos, acurrucados, observando las aristas de nuestras sombras. Se va la novia al trabajo y todos los amigos están fuera, con sus novias, sus mujeres, sus hijos chicos vestidos de domingo, y uno en la casa solo, sin nadie, sucio de luna. Y está uno tan solo, tan locamente sin nadie, que mira de reojo el horno, mira la puerta cuadrada del horno donde hacemos a veces increíblemente felices las lasagnas, el pescado ese con vino y gambas, la tarta de manzana, mira uno la profundidad del horno y hasta duda si meter o no un rato la cabeza, preparar pan con mantequilla para cuando se despierten los niños, para cuando vengan los niños a la casa, y meter allí dentro la cabeza y escuchar cómo sisea de lento el gas.

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Empiezo a creer que es mentira.

“La joven Sylvia Plath observa el horno que engullirá su cadáver para siempre. El Londres de los años sesenta, apetecible para cualquier mortal, ha terminado con ella. No han sido sus últimas horas las más felices, precisamente. Madrugar, escribir, morir. La responsabilidad de Hughes, de su padre, de su embarazo quebrado. Aislados, ajenos al olor del gas, en una habitación, confinados, sus hijos esperaron la muerte de su madre protegidos por el sueño y unas rebanadas de pan con mantequilla. Cuando el gas destruyó sus pulmones, el cuerpo se dejó caer”, escribe Carlos Mayoral en su recién publicado libroEmpiezo a creer que es mentira.

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Vidas de santos.

Prefiero no probar. En verdad preferiría no hacerlo. Mejor quedarme solo con la televisión encendida, y ver a Ferreras en todas las cadenas, todos los días, todos los minutos que me quede de vida, quedarse así, boca abajo o de lado en el sofá, con la cabeza ladeada de estupor televisivo soberanista y comer brócoli, todo eso antes que esnifar el gas del horno, el horno que nos dejó el casero, el horno con su capa de hollín donde gratinamos la pasta los sábados noche con el amor que todavía nos queda. El amor que me impide lanzarme al vacío.

“Chusé Izuel se echó al vacío por el balcón de un quinto piso de la calle Borrell de Barcelona. Era el 27 de febrero de 1992. Tenía 24 años. Había escrito un libro de cuentos que aún tenía inédito: Todo sigue tranquilo y unos cuantos poemas que no se publicaron. Todo en él era literatura. Hastío y literatura. Había nacido el 18 de enero de 1968 en Zaragoza. Asumía las palabras como un automatismo cerebral de defensa. Pero con ellas también daba corporeidad a su daño. Dos años antes de asomarse al balcón de la calle Borrell y voltear el cuerpo por fuera, su novia lo abandonó. El 27 de febrero de 1990. Y el 27 pasó a ser un picahielos en el almanaque de su tristeza”, señala Antonio Lucas en Vidas de santos.

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