¡Qué manera de narrar!

 

No sé por qué pero esta semana, cuando el comentarista del partido dijo aquello de que el jugador iba a ingresar en el terreno de juego, me vino de repente a la cabeza aquel enfermo de ‘La notte’ de Antonioni, Tommaso, que en un hospital de Milán dialoga, entre dolores, con su amigo escritor Giovanni Pontano (Mastroianni) y la espectacular Lidia (Jeanne Moreau), su mujer, mientras reflexiona: “¡Cuántas cosas acaba uno por saber cuando se queda solo!”. Y es verdad. Cuántas cosas aprende uno cuando de ser todos los días un lector joyceano, un lector salteado del que hablaba Macedonio Fernández, un lector que lee, habla por teléfono y ve la televisión al mismo tiempo, pasa de pronto a ser un lector a lo Kafka, un lector que se queda solo y se aísla, y lee y lee para no ser interrumpido en las habitaciones del fondo de la casa de siempre.

Y en esa soledad extrema acaba uno por descubrir nuevos modos de narrar. Como el de Nuria Labari que desde el título de su libro, ‘Cosas que brillan cuando están rotas’, ya está narrando, ya está contando, ya está ingresando en la mente del lector un tipo de lenguaje, ya está anticipando la poética de su narrativa, ya le está dando desde la primera palabra forma a lo que narra, está esculpiendo un universo literario de sentido múltiple, con impronta y estilo.
“Es como noventa campos de fútbol juntos. O más. Muy grande y muy verde. No hay papeleras pero tampoco hay nada tirado en el suelo. Ni una colilla. Los visitantes respetan este lugar. Y sus administradores: la hierba está exquisitamente cortada. En el centro de la explanada se disponen unas cuantas casitas de madera, como si fueran bungalows en un balneario. Aún no estamos dentro, pero desde la puerta se divisa absolutamente todo. No hay esquinas. Ningún lugar donde esconderse”, escribe Labari referiéndose a Auschwitz.
Uno ingresa lentamente en el libro de Labari y, una vez dentro, se va aislando de la fiesta múltiple de lo real, se va apartando de los fuegos de artificio del día a día, y allí, desde las primeras páginas, va uno ya diciéndose de vez en cuando, con esa voz interior con la que uno lleva hablando toda la vida, esa voz tonal que nadie más conoce, que nadie va a escuchar nunca, esa otra voz íntima, propia, sin sonido, se va diciendo, digo, eso de: ¡Qué manera de narrar! ¡Qué manera de escribir!
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