Relleno de extravío y pasotes

No recuerdo un día en esta casa en la que no se haya leído. Como no recuerdo un día en el que no haya oído una canción de Chuck Berry. Se ha ido el gigante de S.t. Louis. “También se mueren los inmortales”, escribió el articulista Manuel Alcántara el día que falleció Cela. Y al velar toda la noche con música a Berry, escuchando una y otra vez Promised Land, I do really love you o Too Much Monkey Business, por decir tres canciones que acaban de pasar delante de mí por la habitación, he recordado así de pronto al joven Sid Vicious, de los Sex Pistols, que odiaba a los Beatles pero que amaba a Keith Richards, un discípulo de Berry, que inventó en 90 años el rock’n’roll Sobre Sid escribe Antonio Lucas en ‘Vidas de Santos’:

 

“A los 14 años, Sid Vicious vendía tripis en la puerta de los conciertos. A los 16 comenzó a pincharse heroína con mamá, que preparaba unas jeringuillas muy bien dotadas de brown sugar. A los 17 atracaba jubilados. A los 18 adoptó como apellido artístico el nombre del hámster de Johny Rotten (fundador de los Sex Pistols). El mozo medía 190 centímetros y esta altura estaba relleno de asco y misantropía, extravío y pasotes”.

 

Nunca he escuchado bien a Sid. Pero de lo que no me he cansado en mi vida es de Chuck y de leer. No me canso de esa música con la que uno puede elevarse, romper las coordenadas de uno mismo, rasgar el cielo con las mismas manos con las que se araña el papel. “Escribir no consiste en aplicar un material sobre una superficie sino en arañarla”, decía Walser. El gran Walser. Siempre Chuck. Hasta siempre, Berry.

 

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