Seguirán los pájaros cantando

 

Será un inicio de verano inolvidable. Incluso creo que se lo contaré a los hijos de los nietos que no tendré. Les leeré un cuento de Dickens y a continuación les diré que hubo un verano que cuando llevaba justo un par de días fuimos a votar. Familias enteras en mangas cortas que sacrificó la playa por ir a reflejar sus caras en el metacrilato sucio de las urnas. Familias desbordadas de ansiedad saliendo de los templos para ir luego a votar. ¡Me lo imagino un rato y me embarga de emoción Hacienda!

Si no fuera porque tengo que ir a hacer esta semana la renta, estoy seguro que me iba ya a hacer cola, a ponerme en fila en mi colegio electoral como veo yo que hace la gente en las puertas de las librerías, perdón, de las panaderías, porque en cada calle hay ya una nueva, y no sé yo si hace falta hacer tanto pan al día para tan poca gente que quedamos en el pueblo. Barras y barras olvidadas al final de la tarde como esos carteles que aún quedan de las últimas elecciones de diciembre, esos señores y señoras con sus trajes Versace y sus relojes buenos, sus miradas perdidas y sus puños con gemelos a juego, esa cartelería premonitoria, que ha aguantado la tormenta y el viento tarifeño de febrero para que el país no haga gasto.

Las elecciones deberían ser a puerta cerrada. Como esos partidos que se repiten sin espectadores porque algún ultra saca el tigre de bengala que lleva dentro y enciende una que llena el estadio de humo, el estadio y la ciudad, la orilla del mar vacío de todos los inviernos juntos, de todos los años y la vida que se nos está escapando de las manos, la vida donde estamos siendo ya sustituidos por otros en secreto, por toda esa gente que nace -No es lo mismo venir que irse gritando, decía Chavela Vargas- y que se van haciendo con el mando, con el protagonismo, mientras uno va pasando a un segundo plano, haciéndose un segundón, y le queda poco más que leer un libro y mirar la luna, “una luna completamente mediterránea, nimbada de plata”, que escribía Scott Fitzgerald en una carta a Thomas Boyd, una carta de 1924 que releo ahora: “Mi novela es cada vez más extraordinaria; me siento completamente dueño de mí mismo y por fin podré satisfacer mi deseo de soledad, que ha ido aumentando a lo largo de tres años en una progresión aritmética”.

Yo me iré, habrá elecciones y seguirán los pájaros cantando en sus paraísos fiscales.

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