Ser extranjero siempre

De vez cuando viajo solo para hablarme a mí mismo. Para estar más solo de lo que ya estoy y escucharme por dentro. Escucharme para escuchar luego a los otros. Apenas hablo con nadie. Una que otra conversación con algún camarero que me pone vino blanco frente al Ponte Vecchio. Me escucho a mí mismo varios días y camino por las ciudades sin rumbo fijo, sin mapa alguno, donde quiera llevarme la vida. Me siento en cualquier calle y noto cómo me carcome la nostalgia, algún recuerdo, el tiempo ya desaparecido, la belleza del mundo. Aguanto la lágrima y sigo caminando. Veo caer la lluvia contra la ringlera de estatuas en la entrada de los Uffizi. Huelo la lluvia y me duele algo por dentro que hasta siento que me rompo. Soy como esos pequeños pueblos decadentes que están despoblándose, que están deshaciéndose sin querer.

japon

Japón, el paisaje del alma

“A la mañana siguiente, después de una noche de lluvia que hizo correr el río a ocho millas por hora bajo los frágiles balcones, el sol atravesó las nubes. ¿Es poca cosa para ustedes que disfruten de él a diario? Yo no lo había visto desde marzo y empezaba a sentirme inquieto. Pero entonces la tierra de las flores del melocotón desplegó ampliamente sus alas y se regocijó”, escribe Kipling en Japón, el paisaje del alma.

Me extravío y percibo la nebulosa de aire frío que emerge del Arno. Miro a la gente que guarda la cola para entrar a la Galería de la Academia. Se extiende varias calles como una serpiente de babel mojada y ruidosa. Es imposible estar ya en ninguna parte solo, me digo, mientras me acerco a la Santa Croce y miro a Dante y un grupo de japoneses pasa rápido, se apresura por esa calle estrecha que termina en la piazza de la Signoria. Con tanta rapidez no sé yo si palparán en algún momento del viaje algo de belleza. Esta ciudad exige lentitud. Exige un paso analógico, un paso de los de antes. Viajo y no quiero volver nunca. Sé que soy demasiado extraño y, en verdad, no sé bien ya quién soy.

constantinopla

Constantinopla, eterno viaje a Ítaca.

“Si yo fuese un chino o un indio procedente de Nanking o de Calcuta, os describiría minuciosamente el camino de París a Marsella, el ferrocarril de Chalons, y el Saone, el Rhone y Avignon; pero todo esto lo conocéis tan bien como yo y, por otra parte, para viajar por un país hay que ser extranjero”, dice Gautier en Constantinopla.

Fotografía: Rohit Vohra

Puedes adquirir Japón, el paisaje del alma o Constantinopla, eterno viaje a Ítaca en:

Libros

FacebookTwitterWhatsAppShare
Utilizamos cookies propias necesarias para el funcionamiento de esta web y de terceros para mejorar nuestros servicios de análisis con Google Analytics. Si continúa navegando, consideramos que acepta su uso. Puede obtener más información en Política de cookies. ACEPTAR
Aviso de cookies