Un sitio donde ligar y dar sablazos

“La noticia está en el bar”, me dijo una mañana Raúl del Pozo en Marbella. Mataría ya no por cinco minutos más, que decía Calamaro, sino por volver a aquella mañana en el hotel Nueva Andalucía donde flotaba una luz como recién salida de un cuadro de Vermeer. Nos apoyamos en la barra del bar mientras sonaba Gilberto Gil, pero todavía no había Shazam y no sé ahora qué canción era. Lo que sí recuerdo como si fuera mañana es que Raúl del Pozo cerró un poco los ojos y me narró en un par de frases su infancia. Recordaba el periodista aquellas largas caminatas con su hermano Jesús de camino a Mariana, aquellos perros con pinchos, aquellas vacas y los corderos perdidos entre nubes de polvo, los mayorales, los guardias civiles vestidos de militares, los maquis que les regalaban latas de sardinas: “Todo era una gran aventura, todo lo recuerdo con mucho movimiento, como una película de John Ford”, creo que me dijo.

 

¿Qué haríamos sin los bares, sin las tascas, sin las tabernas, dios mío de mi vida, todo en minúscula? ¿Qué haríamos los fines de semana, todo el día metido en la casa sin poder confesarnos con los taberneros, sin escuchar el clac, clac, clac de las tragaperras, sin el dry martini de antes de dormir? “Los bares fueron algo más para los que llegábamos con gazuza. Fueron el cuarto de estar, la oficina de colocación, el sitio donde ligar y dar sablazos”, dice Raúl del Pozo en su nuevo libro El último pistolero.

 

Yo también, como Woody Allen, quise tener de pequeño un perro pero mis padres eran pobres y solo pudieron comprarme una hormiga. Digo esto porque justo debajo de casa hay un bar del que suben los veranos las hormigas. Gordas, delgadas, negras y naranjas. Millones de hormigas por las paredes del edificio, yendo y volviendo del bar, haciendo eses, por la carretera vertical de este bloque amarillo Van Gogh. Muchas noches me quedo mirándolas. Me abro una cerveza, me apoyo en el balcón y veo como danzan y desfilan tan libres, que supongo que no saben que existen los lunes. Voy a la nevera y me abro una cerveza fresquita, porque en verdad Juan Tallón tiene razón: “Los hogares se construyen en cierto sentido entre las bebidas”.

 

 

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