Somos un verano y se acabó

Prefiero el invierno. El olor de la noche a media tarde. Ver la nieve enterrar mi coche desde la cocina. Beber vino en los trenes. Whisky. O vodka. Estoy hecho de frío. El calor me reseca la nariz y a todas horas tengo que estar esnifando agua de mar. El calor me incendia los dedos. De las manos y de los pies. Y siento cómo todo arde, las sílabas, las persianas y los libros, donde guardo los últimos ahorros.

Mientras haya bares, de Juan Tallón.

“Hace tres meses guardé un billete de cien euros dentro de un libro. En ese momento acababa de leer que Sergio Pitol, en los años que ejerció de diplomático en algunos países del Este, usaba su biblioteca como caja fuerte. Tenía predilección por las obras de Molière. Me pareció un gesto tan hermoso y audaz, tan poético para estar hablando, en el fondo, de dinero, que quise imitarlo sin perder un minuto”, escribe Juan Tallón en Mientras haya bares.

Las mejores cosas que uno recuerda pasaron en invierno. Aquellas chicas abrigadas, que leían a Umbral en los escalones helados de la facultad. La tarde de diciembre en que nos mudamos a una casa frente al mar y llovía como en el antiguo testamento. Soy sobre todo invierno y se acabó. Y cuento los inviernos que me quedan. Y los vivo, los respiro y me mojo adrede en la calle, me empapo los zapatos, el contrabajo del pantalón, la chaqueta de ante, para recordar que una vez fui un niño loco y triste como un adagio, un niño que alguna vez también amó los veranos.

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La vida en cinco minutos, de Galvín.

“Solo tenemos un verano y se acabó. Hubiera matado por escribir yo esa frase. Tan simple, tan honda (…). Hay la intuición poderosa e inexorable de que somos un verano y se acabó. Y ese verano debemos elegir con quien queremos compartirlo. A quién invitaremos a sentarse con nosotros al otro lado del mantel en la pradera, con el membrillo y el vino fresco en copa de cristal de Bohemia, bajo la sombra de un árbol tan frondoso que no deja ver el cielo pero permite el paso de la brisa salvífica. Con un libro entre las manos, cada uno el suyo”, dice Virginia Galvín en La vida en cinco minutos.

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