Teléfonos

Aprendí a sentir en una cabina. En ese ataúd vertical de cristal analógico, predigital, de metal frío Reikiavik. Cerca de casa había dos cabinas. Una al lado del café Niza, el café circular, que ahora es una clínica dental; la otra junto al banco Popular, en la calle esa larga, que está siempre muerta de noche y que lleva al centro y a los descampados. En una cabina aprendí a soñar mientras caían las monedas, una detrás de otra, como vamos cayendo todos nosotros. Aquellas dos cabinas del amor y el suspiro, de la alegría y el llanto, las cabinas esas donde hablábamos por teléfono con la novia, la abuela y el amigo, los temas amables, las urgencias.. La cabina de aire cerrado con teléfono de ruleta donde casi no entraban los dedos y donde encendíamos los últimos petardos de la Navidad, las cabinas que nos conectaban con el mundo (Madrid, Singapur, Buenos Aires…) antes que en la casa hubiera un teléfono azul, blanco o rojo.

Caída Libre.

“Al salir por la puerta principal, oyó a María hablando animadamente por teléfono en español. Aunque era difícil saberlo, se la oía preocupada: tal vez su amiga del Bronx le estaba leyendo por teléfono la carta, con un mensaje urgente sobre la necesidad de regresar a Colombia de inmediato. Si bien se sintió culpable al prever algún problema, solo pensar que María pudiera marcharse antes de lo planeado hizo que Emma aligerara el paso por el pasillo, sin que por una vez le importaran la penumbra y el olor a cerrado y la serie deprimente de puertas con mirilla”, escribe Sue Kaufman en Caída libre.

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Cosas que brillan cuando están rotas.

Las cabinas están desapareciendo en España y yo me pongo muy triste, porque ya no quedan cabinas y todo es ahora otra cosa, algo así que te eriza la piel como cuando te da dentera al rascar un corcho o apretar las uñas en la pared. Quedan solamente 15.611 cabinas, 15.611 reliquias en unos cuantos pueblos. Donde vivo ahora no veo ninguna. Me doy paseos por el laberinto neutro de la ciudad y no encuentro cabinas. No encuentro teléfonos. Y siento que me estoy perdiendo…

“Querida Eva…Ayer llamé a mi oficina a las nueve de la mañana. Ellos sí me cogieron el teléfono. Todos estaban bien y todos querían hablar conmigo, asegurarse de que habíamos llegado a Berlín. Las secretarias, tres ejecutivos de cuentas, las dos jefas de proyecto…Ninguno tenía nada importante que decirme. Sólo querían escucharme. La gente con la que trabajo quería oír mi voz después de los atentados. Me sentí apreciado. Me sentí querido, en realidad. Tú en cambio no me cogiste el teléfono hasta doce horas después. Y eso es lo que pasa todos los días. Que la gente me respeta de nueve de la mañana a ocho de la noche. Después tengo que volver. Soy un tío que hace las cosas bien hasta que me encuentro contigo, Eva”, dice Nuria Labari en Cosas que brilan cuando están rotas.

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